Los 10 destinos abiertos

París · 28 apartados

Qué hacer en París

Qué es cada sitio y por qué merece la pena, por barrios. Sin listas de «imprescindibles»: lo que hay, cuánto lleva y qué conviene saber antes de ir.

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Cata de quesos y vinos: dos horas y dejas de pedir a ciegas para siempre

Francia tiene más de mil quesos y una carta de vinos que asusta. Dos horas bien invertidas al principio del viaje hacen que el resto de comidas se pidan con criterio en vez de por señalar.

Qué es. Sesiones para grupos pequeños en bodegas, queserías o bares de vinos, de 90 a 120 minutos, con cinco o seis quesos de familias distintas -de pasta blanda con corteza florecida, de corteza lavada, de cabra, azules, de pasta dura de montaña- y cuatro o cinco vinos para emparejar. Las hay en francés, en inglés y algunas en español.

Qué te llevas de verdad:

  • El orden: se cata de más suave a más fuerte, y por qué.
  • Qué es una denominación de origen en queso y por qué el mismo nombre puede costar el doble o la mitad.
  • La regla que rompe el tópico: con la mayoría de quesos funciona mejor un vino blanco que un tinto. El tinto potente arrasa el queso suave y choca con el azul. Es lo que más sorprende a los españoles.
  • Cómo pedir en una quesería: decir para cuándo lo quieres, para cuánta gente, y dejarte aconsejar. Te lo eligen en su punto.

Precio: ~40-65 € por persona estimado según el sitio y lo que se abra.

Se reserva con días de antelación y suelen ser en horario de tarde (17:00-19:00) o de noche.

Encaja bien en un viaje de trabajo: es de las pocas actividades que funciona con clientes o compañeros, dura poco, no exige estar en forma y da conversación para toda la cena.

Aviso práctico: avisa al reservar si hay embarazo, intolerancia a la lactosa o alguien que no bebe alcohol. Casi todos adaptan la sesión, pero hay que decirlo antes.

El mercado de la mañana: dónde compra París y qué llevarse de ahí

París tiene más de setenta mercados al aire libre repartidos por todos los barrios, cada uno con dos o tres mañanas fijas a la semana, más un puñado de mercados cubiertos que abren a diario. No son mercados para visitantes: son donde compra el barrio, y a las 13:30 están desmontando.

Cuál te toca: el de tu barrio, en su día. La lista está en la información municipal y hay carteles en las calles. Los de los bulevares del este y del norte son los más grandes y los más baratos; los del oeste, los más caros y los más ordenados.

Qué se compra y cómo. Panadería para la baguette -del día, no de ayer-, quesería para dos o tres quesos distintos entre sí (di para cuándo los quieres y te los eligen en su punto), charcutería para el embutido cortado al momento, la frutería y el puesto de aceitunas y encurtidos. Doce o quince euros por persona estimado y se come mejor que en la mayoría de restaurantes del centro.

Las reglas que evitan quedar mal: se saluda al llegar al puesto, no se toca la fruta -se señala y te la eligen ellos-, se espera el turno sin número porque la gente se acuerda de quién iba delante, y se paga en efectivo o tarjeta según el puesto.

Y hay puestos de comida caliente -pollo asado con patatas hechas debajo, tortilla de patata, crepes, comida marroquí o vietnamita según el barrio- que resuelven la comida por muy poco.

Duración: una hora larga si te lo tomas en serio. Es gratis y es de las cosas que más se recuerdan de un viaje a Francia. Los domingos por la mañana casi todos los barrios tienen mercado, y es el mejor plan de un domingo en París.

Las piscinas municipales: art déco, agua caliente y cuatro euros

Es el plan que ningún visitante hace y que resuelve una tarde de calor, una tarde de lluvia y una mañana de resaca. París tiene casi cuarenta piscinas municipales, muchas de ellas en edificios protegidos de principios del siglo XX: bóveda de cristal, galerías de cabinas de madera pintada en dos pisos alrededor del vaso, azulejo original y luz cenital. Nadar ahí dentro es como nadar en un decorado.

Hay además una piscina que flota sobre el Sena, amarrada al muelle en el sureste, con solárium y techo que se abre entero en verano.

Cuánto cuesta: entrada suelta de unos 4-6 € estimado, que para lo que es resulta casi absurdo.

Las reglas locales, que sorprenden y se hacen cumplir:

  • Bañador ajustado obligatorio para hombres. El bañador tipo short o bermuda está prohibido por higiene, y no se hace la vista gorda: te mandan a la máquina expendedora de la entrada. Es el motivo número uno por el que la gente se queda fuera.
  • Gorro obligatorio en la mayoría de piscinas, para todo el mundo.
  • Ducha antes de entrar al vaso, y se vigila.
  • Las calles están separadas por ritmo (lento, medio, rápido) y hay que respetarlo.

Horarios: cada piscina tiene el suyo y cambia entre periodo escolar y vacaciones, con franjas reservadas a colegios y a clubes por la mañana. Compruébalo el mismo día: es lo único que falla de este plan.

Con niños funciona muy bien -varias tienen vaso pequeño y tobogán- y es una forma de pasar la tarde entre parisinos de verdad, no entre visitantes. Hora y media, incluidos vestuarios.

Taller de pastelería: salir con tus propios cruasanes debajo del brazo

En París hay obradores y escuelas de cocina que dan talleres sueltos de dos o tres horas para visitantes, en francés, inglés y a veces en español, sin conocimientos previos y sin apuntarse a nada más. Es de las pocas actividades de pago de la ciudad de la que la gente sale contenta al cien por cien.

Qué se hace, según el taller:

  • Cruasanes y bollería de hojaldre: el más agradecido, porque enseñan el plegado de la masa con la mantequilla dentro -el gesto que separa un cruasán de un bollo- y sales entendiendo por qué el bueno cuesta lo que cuesta.
  • Macarons: el más técnico y el que más falla en casa; se aprende el merengue, el reposo y por qué salen agrietados.
  • Tartas clásicas -milhojas, tarta de limón, éclairs- con crema pastelera hecha desde cero.
  • Baguette y pan, con masa madre y horno de verdad.

Cómo funciona: grupos de 6 a 12 personas, delantal puesto, cada uno con su puesto, y te llevas todo lo que has hecho en una caja. Muchos incluyen un café y algo de lo horneado allí mismo.

Precio: ~70-110 € por persona estimado según duración y taller. No es barato y es una de las cosas que más se recuerda del viaje.

Se reserva con antelación -una o dos semanas en temporada alta- y hay que avisar de alergias e intolerancias al reservar, porque la harina, el huevo y los frutos secos están en todo.

Con niños: hay talleres específicos infantiles y familiares, normalmente más cortos y más dulces. A partir de unos 6-7 años funciona muy bien.

Y es plan de interior, así que sirve de recambio si el día sale de lluvia.

Barrio Latino

El Panteón: el péndulo que demostró que giramos, y la vuelta a la cúpula

Se construyó como iglesia y acabó siendo el mausoleo de la República. Abajo, en la cripta, están Voltaire, Rousseau, Zola, Victor Hugo, Marie Curie, Jean Moulin y Josephine Baker, entre otros. Es un sitio con mucha carga, y el edificio -una mole neoclásica con cúpula que domina la colina del Barrio Latino- es enorme por dentro y casi vacío.

Lo que hay que ver, y es lo que menos se anuncia: el péndulo de Foucault. En 1851, Léon Foucault colgó de la cúpula una bola de 28 kilos con un cable de 67 metros y la puso a oscilar. El plano de oscilación giraba lentamente a lo largo del día, y no porque el péndulo girara, sino porque giraba el suelo debajo. Fue la primera demostración directa y visible de la rotación de la Tierra, sin mirar al cielo. Hay una réplica funcionando en el mismo sitio, con una escala en el suelo. Se queda uno mirándola más de lo que esperaba.

Y la parte que casi nadie hace: subir a la columnata exterior de la cúpula. 206 escalones hasta un balcón circular que rodea el tambor, con vista de 360 grados sobre los tejados del Barrio Latino, el Luxemburgo, el Sena y la torre. Se sube con visita guiada en grupos pequeños, solo de primavera a otoño y solo si el tiempo lo permite: se cierra con lluvia o viento. Se apunta uno en la taquilla al entrar.

Práctico: ~11-13 € estimado el monumento, la subida a la cúpula normalmente incluida en temporada. Gratis para menores de 18 y residentes UE menores de 26. Está al lado del Jardín de Luxemburgo y de la calle en cuesta del mercado.

Barrio Latino y orilla izquierda

Jazz en una bodega de piedra: la tradición que sigue viva bajo el Barrio Latino

Después de la Segunda Guerra Mundial, los músicos de jazz negros estadounidenses vinieron a París porque aquí podían tocar y vivir sin la segregación de su país. Se instalaron en la orilla izquierda y tocaron en sótanos abovedados de piedra -bodegas medievales bajo los edificios- porque eran baratos y porque el ruido no salía. Esa escena sigue funcionando.

Cómo es: se baja una escalera estrecha, la sala tiene el techo en bóveda de cañón y cabrán cien personas apretadas, y la banda toca a metro y medio de ti, sin escenario alto y a menudo sin amplificar apenas. En varios de estos clubes hay además pista de baile y noches de swing, blues o música brasileña donde baila todo el mundo.

Dónde: el Barrio Latino, junto al río, tiene tres o cuatro sótanos históricos que llevan abiertos desde los años cuarenta y cincuenta. Hay más clubes buenos en el norte y el este de la ciudad, más modernos y con programación más arriesgada.

Cómo funciona: entrada de ~15-30 € estimado según el día y el cartel, a veces con la primera consumición incluida, a veces solo consumición mínima. Los pases empiezan tarde, sobre las 21:30 o 22:00, y hay segundo pase a medianoche los fines de semana. Se paga en la puerta o por internet.

Práctico: se llena y no siempre hay dónde sentarse; llega media hora antes si quieres silla. Hace calor ahí abajo. El metro cierra alrededor de la una entre semana: mira la vuelta antes de bajar, o cuenta con autobús nocturno o taxi.

Y hay una opción gratis: en verano, los muelles y algunas plazoletas de la orilla se llenan por su cuenta de corros de swing, tango y salsa, sin organizador y sin entrada, desde el anochecer.

Bosque de Vincennes

El zoo del bosque del este: biozonas, una gran roca y media jornada

Se reformó por completo hace pocos años y hoy no se parece a un zoo antiguo: está organizado en cinco biozonas -Patagonia, Sahel, Europa, Guayana y Madagascar- por las que se pasa en un recorrido continuo, con los animales en espacios grandes y con vegetación de su hábitat en vez de en jaulas.

Qué se ve: jirafas en una llanura abierta que es la imagen del sitio, leones, rinocerontes blancos, lobos, lémures y un invernadero tropical enorme de clima húmedo, con manatíes vistos desde debajo del agua, aves sueltas y perezosos. Hay leones marinos con una piscina acristalada por la que pasan nadando a tu lado.

La roca. El peñasco artificial de 65 metros que se ve desde media ciudad es de 1934, se conservó en la reforma y es el símbolo del zoo. No se sube.

Práctico: ~20-25 € adultos estimado, con tarifa reducida para niños y gratis para los muy pequeños; entrada más barata comprada por internet y con hora. Se tarda de tres a cuatro horas en recorrerlo bien y hay dos kilómetros de circuito: carrito para los pequeños. Hay puntos de restauración dentro y zonas de picnic.

La hora: abre por la mañana y los animales están activos temprano; a mediodía en verano casi todos están dormidos a la sombra y el recorrido se hace cuesta arriba. Ve al abrir.

Está dentro del bosque del este, así que se encadena con el lago de barcas, el castillo medieval o el parque floral y da un día entero completo sin volver al centro. Se llega en metro desde el centro en unos veinte minutos.

Buttes-Chaumont y Belleville

Buttes-Chaumont: una cantera convertida en el parque más raro de París

Aquí hubo una cantera de yeso, un vertedero y un patíbulo. En 1867 lo convirtieron en parque para la Exposición Universal y les salió el parque más extraño y más bonito de la ciudad, en pleno noreste popular, donde no llega ningún autobús turístico.

Qué tiene: un lago en el fondo del antiguo cráter; en medio del lago, una isla que es un peñasco de 30 metros con un templete circular de columnas en la cúspide, copiado de uno romano; un puente de ladrillo alto y un puente colgante de hierro -proyectado en el taller de Eiffel- para llegar a la isla; una cascada dentro de una gruta artificial con estalactitas de cemento de la época; y laderas de césped muy inclinadas donde medio barrio se tumba en cuanto sale el sol.

La vista desde el templete abarca el norte de París con la basílica blanca de Montmartre encima de los tejados. Es gratis, no hay cola, y no hay nadie que no sea del barrio.

Cómo se hace: se entra por cualquiera de las puertas, se sube al templete -hay escaleras talladas y un camino más suave por el norte- y se baja dando la vuelta al lago. Hora y media de paseo largo. Hay dos quioscos-restaurante con terraza dentro del parque y una zona de juegos y de guiñol.

La hora: el atardecer, con la ciudad de espaldas al sol. Es de los mejores sitios de París para ese rato y muy poca gente de fuera lo sabe.

Práctico: el terreno es empinado de verdad -es una cantera- y hay escaleras por todas partes: mal plan con carrito, buen plan con niños que corren. Cierra de noche, con horario que cambia por estación. Está al lado de Belleville, así que se encadena con la subida a su parque mirador.

Campos Elíseos y Estrella

Subir al Arco de Triunfo: las doce avenidas desde arriba

Es la mejor vista para entender París, no solo para verla. Desde la azotea salen doce avenidas en estrella desde el punto en que estás, y de golpe se comprende cómo está trazada la ciudad: el eje recto hacia el este hasta el Louvre, y hacia el oeste hasta los rascacielos y su gran arco moderno. La Torre Eiffel se ve de lado y entera, que es como no se puede ver estando encima de ella.

Cómo se sube: 284 escalones de caracol, sin ascensor para el público general (hay uno para personas con movilidad reducida, previo aviso). No es duro, pero es continuado.

Cómo se llega, y esto no es un detalle: por el paso subterráneo desde la avenida principal o desde la avenida del norte. Cruzar la rotonda a pie es imposible y peligroso: doce carriles sin semáforos ni pasos de cebra, con prioridad de entrada. Nadie te va a parar.

Debajo del arco está la tumba del soldado desconocido con su llama, que se reaviva todos los días al atardecer en una ceremonia corta y solemne. Si coincides, quédate.

La hora buena: una hora antes de la puesta de sol y quedarse a que se encienda la ciudad. Abre hasta tarde, más que casi cualquier otro monumento, así que cabe al final de una jornada de trabajo o de museos.

Entrada ~13-16 € estimado, gratis para menores de 18 y para residentes de la UE menores de 26. Se compra por internet con franja horaria y se evita la cola.

Denfert-Rochereau

Las Catacumbas: varios millones de parisinos ordenados en un túnel

Debajo de París hay cientos de kilómetros de galerías de las canteras de las que se sacó la piedra de la ciudad. A finales del XVIII, los cementerios de la ciudad daban «de grands problèmes de salubrité», cuenta el museo, así que se vaciaron y los restos de varios millones de parisinos se trasladaron aquí al caer la noche: de 1785 a 1814, y otra vez en 1840 y en 1859-1860.

Lo perturbador no son los huesos: es que están colocados con criterio decorativo. Muros de fémures alineados con hileras de cráneos formando cruces y guirnaldas, columnas, arcos, y placas con versos sobre la muerte cada pocos metros.

El recorrido: se baja por una escalera de caracol de 131 escalones, hasta veinte metros bajo tierra, se anda kilómetro y medio por galería estrecha y se sale por 112 escalones en un sitio distinto, la avenue René-Coty, a unos 700 metros de la entrada. Son cifras del propio museo, que calcula una hora de visita. Es de sentido único y, como avisa el museo, «sans retour en arrière possible»: una vez dentro, se llega hasta el final.

Práctico y no negociable: entrada con hora, por internet, que el museo abre solo 7 días antes y recomienda «fortement» porque dentro no puede haber más de 200 personas a la vez. 31 € la entrada general, 15 € de 8 a 17 años y gratis hasta los 7, con la audioguía incluida, según la web del museo. Están a 14 °C todo el año, y la humedad puede ser alta: chaqueta aunque sea agosto. El museo avisa de riesgo de caída -suelo irregular y resbaladizo-, pasillos estrechos y poca luz. No entran cochecitos (piden portabebés), ni maletas ni bolsas de más de 40 × 30 × 20 cm, y no hay consigna.

Quién no debe entrar: el museo la desaconseja «fortement» a quien tenga movilidad reducida, insuficiencia cardiaca o respiratoria o claustrofobia, o sea sensible a un lugar así, y no es accesible en silla de ruedas ni con andador. Con niños es decisión de los padres: los menores de 14 años tienen que ir con un adulto, y lo que se ve durante una hora son huesos humanos. A partir de unos diez años suele ser fascinación pura; por debajo puede ser un mal rato.

Y no: no se puede visitar el resto de la red por libre. Son unos 280 kilómetros de galerías y el acceso está «formellement interdit» desde una orden de la prefectura de 1955, explica el Ministerio del Interior francés, por el riesgo de perderse, de derrumbes y de caer en pozos. Un grupo de la Prefectura de Policía patrulla las galerías y la multa es de 135 euros.

Distrito 13

Los murales del distrito 13: fachadas enteras pintadas, andando y gratis

En el sureste de París, un distrito entero de bloques altos de los años sesenta y setenta se ha convertido en el mayor museo de arte urbano al aire libre de Europa. No es grafiti espontáneo: el ayuntamiento y una galería del barrio encargan a artistas de primer nivel internacional pintar fachadas ciegas de edificios de diez o quince plantas, con grúa, con permiso y con presupuesto.

Hay más de treinta murales de gran formato repartidos por el barrio, algunos de treinta metros de alto, y siguen añadiéndose. Se recorren andando en unas dos horas por calles normales de vecinos, con las torres apareciendo al girar cada esquina.

Cómo se hace: no hay un itinerario oficial cerrado y cambia cada temporada, así que cualquier plano impreso queda viejo. La forma que funciona es coger el bulevar principal del barrio como eje y desviarse a las calles laterales, mirando hacia arriba. Hay además una línea de metro elevada que cruza el distrito y desde la que se ven varios murales a la altura de los ojos: hacer ese tramo en superficie es la mejor introducción.

Se encadena con: un tramo de la antigua vía de tren de circunvalación abierto como paseo entre raíles y vegetación, la ribera reconvertida con antiguos almacenes industriales sobre el río, y el barrio asiático de París, que está aquí y donde se come muy bien y muy barato.

Práctico: es gratis, se hace a cualquier hora con luz y funciona en invierno, porque el interés no depende de la temporada. Sin sombra: en pleno verano, mejor a primera o a última hora. Es un barrio residencial normal, tranquilo y transitado.

Para fotografía es de lo mejor de París y es lo contrario de todo lo demás del viaje: nada de piedra clara del XIX, nada de cola y nada de entrada.

Iglesias del centro

Concierto clásico en iglesia: una hora, treinta euros y sin protocolo

Casi todas las noches del año hay conciertos de música clásica en iglesias de París, y en algunas de las más bonitas de la ciudad. No es un circuito turístico: es un formato local, muy asentado, de orquestas de cámara, cuartetos y solistas que programan de forma estable en varias sedes.

Por qué funciona tan bien: dura una hora u hora y cuarto sin descanso, se entra sin vestir de nada especial, no hay protocolo, empieza sobre las 20:00 o 20:30 y te deja la noche libre para cenar. Y el edificio es la mitad del espectáculo: escuchar las Cuatro Estaciones o un Réquiem bajo bóveda gótica, con la acústica de piedra y las vidrieras oscuras, es otra experiencia distinta que en un auditorio.

Dónde: hay iglesias del centro que programan casi a diario, incluida una capilla del XIII con quince vidrieras de doce metros que es probablemente el sitio más bonito de París para oír música de cámara, y varias iglesias grandes de la orilla izquierda y del Marais.

Repertorio: mucho barroco y romántico popular -Vivaldi, Bach, Mozart, Albinoni-, que es exactamente lo que hay que programar para un público que no es de abono, y también órgano, que en algunas de estas iglesias es un instrumento histórico de primer nivel.

Precio: ~20-45 € estimado según sede y programa, con reducciones. Se compra por internet o en la puerta si queda sitio.

Práctico: los bancos son de madera y hace frío dentro incluso en verano -lleva algo de abrigo-. Llega quince minutos antes: la numeración suele ser por zonas y dentro de la zona se elige sitio.

Encaja perfecto en un viaje de trabajo: es corto, es de noche, no hay que estar en forma y funciona con clientes.

Île de la Cité

La Sainte-Chapelle: quince vidrieras de doce metros, y solo eso

Es una capilla pequeña, se ve en cuarenta y cinco minutos y es probablemente lo más impresionante de París. Se construyó en el siglo XIII para guardar reliquias, y la planta alta es una caja de vidrio: quince ventanales de doce metros de alto que suben hasta la bóveda y dejan casi nada de muro. Son más de mil escenas bíblicas en vidrio del XIII, la mayoría originales.

Cómo se hace bien. Se entra por la capilla baja, que es oscura y de techo bajo, y se sube por una escalera de caracol estrecha: el contraste está buscado y funciona. Arriba, siéntate en el banco corrido y quédate quince minutos antes de sacar el móvil. No es un sitio de recorrer, es un sitio de estarse quieto.

La hora: con sol y por la mañana las vidrieras del este se encienden; a última hora de la tarde se apagan y pierde la mitad. Un día nublado no es su día.

Práctico: está dentro del recinto del palacio de justicia, así que hay control de seguridad tipo aeropuerto y la cola es por ahí, no por la taquilla. Entrada con hora reservada por internet, y la primera franja del día es la más vacía. ~11-13 € estimado, y hay entrada combinada con la Conciergerie, la prisión de la Revolución que está pared con pared y se ve en media hora más.

Extra que casi nadie sabe: programan conciertos de música clásica dentro de la capilla varias noches por semana. Escuchar un cuarteto ahí dentro con las vidrieras al anochecer es otra cosa.

Inválidos

El Museo Rodin: el jardín vale la visita aunque no entres al palacete

Rodin alquiló un palacete del XVIII y lo llenó de su obra; hoy es su museo y sigue siendo una casa con jardín, no un museo al uso. La parte buena está fuera.

El jardín son tres hectáreas con rosales, tilos recortados, un estanque al fondo y las esculturas grandes de bronce al aire libre: El Pensador sobre su pedestal mirando a la ciudad, Los burgueses de Calais, La puerta del infierno con sus doscientas figuras retorciéndose. Verlas a la intemperie, con luz natural cambiando, es completamente distinto a verlas en una sala.

Dentro están los mármoles -El beso, La catedral- y una sala dedicada a Camille Claudel, escultora extraordinaria por derecho propio, alumna y pareja de Rodin, que acabó internada treinta años. Merece los veinte minutos.

Práctico: ~13-15 € estimado la entrada completa, y hay entrada solo al jardín por unos pocos euros, que es la mejor relación calidad-precio de París. Gratis para menores de 18 y para residentes de la UE menores de 26. Cierra un día a la semana: compruébalo.

La hora: a última hora de la tarde, con luz baja entre los árboles, y con muy poca gente. En primavera, con los rosales, es de los sitios más bonitos de la ciudad.

Está al lado de los Inválidos, así que se encadena con la cúpula dorada y la tumba de Napoleón, y a quince minutos andando de la Torre Eiffel. Con niños funciona regular: el jardín sí -hay espacio y bancos-, las salas no.

Jardín de Plantas

La Galería de la Evolución: una procesión de animales en una nave de hierro

Dentro del jardín botánico de París, en una nave de hierro y cristal de 1889, hay una de las salas de museo más impresionantes de Europa y muy poca gente de fuera la pisa.

Qué es: en la planta principal, una caravana de animales naturalizados a tamaño real cruzando la sala en fila -elefantes, jirafas, rinocerontes, cebras, antílopes- como si estuvieran atravesando una llanura, bajo cuatro pisos de galerías de hierro y una claraboya enorme. La iluminación cambia a lo largo de la visita simulando el paso del día a la noche, con sonido. A los niños les impresiona de una forma que ningún museo de arte consigue.

Arriba está la sala de las especies extinguidas y amenazadas, en penumbra, con ejemplares de animales que ya no existen. Es corta y es dura, y está muy bien contada.

Alrededor, y esto convierte la visita en media jornada: el Jardín de Plantas es el jardín botánico nacional, gratuito, con invernaderos tropicales de pago, un laberinto vegetal en una colina con un templete de hierro en lo alto, rosaledas, un huerto y la casa de fieras más antigua de Europa -un zoo pequeño de 1794, con instalaciones históricas y animales de talla media-, también de pago aparte.

Práctico: ~12-14 € estimado la galería, gratis para menores de 18 y residentes UE menores de 26. Cierra los martes -compruébalo-. Se llena los fines de semana lluviosos: mejor entre semana. Hora y media dentro, sin contar el jardín.

Está a diez minutos de la Gran Mezquita de París y su sala de té con patio andaluz, que es el mejor sitio para acabar la tarde por la zona.

La Défense

La azotea del Gran Arco: el eje de París entero en línea recta

En el barrio de rascacielos del oeste hay un cubo blanco hueco de 110 metros de lado, revestido de mármol, construido en 1989 y alineado a propósito con el eje histórico de la ciudad. Su azotea está abierta al público y muchísima gente que trabaja debajo no ha subido nunca.

Lo que se ve, y es la razón de subir: el eje histórico completo, en línea recta y de una sola mirada. Desde arriba se enfila la avenida, el Arco de Triunfo a media distancia, los Campos Elíseos bajando, el obelisco de la Concordia, los jardines de las Tullerías y el Louvre al fondo, a ocho kilómetros. Es la mejor explicación visual que existe de cómo está trazada París: en el siglo XVII decidieron una recta y trescientos años después la remataron con esto.

En el otro sentido se ve el oeste metropolitano, los ríos de tráfico y el aeropuerto.

Cómo se sube: ascensor por el interior del cubo hasta el techo, donde hay una terraza con suelo de madera, mirador acristalado y espacio expositivo. Suele haber exposiciones de fotografía incluidas en la entrada.

Práctico: ~15-18 € estimado, con reducción para jóvenes. Casi nunca hay cola. Comprueba el horario y el día de cierre, que cambia por temporada.

La hora: al atardecer, con el sol poniéndose justo detrás de ti y todo el eje iluminándose de frente. Hace mucho viento ahí arriba: el barrio entero es un túnel de viento y la azotea es lo más expuesto que hay. Chaqueta, incluso en verano.

Encaja al final de una jornada de trabajo en este barrio: son veinte minutos, está encima de la estación y te ahorra volver otro día.

Le Marais y centro

Los museos municipales: colección permanente gratis y ni cola ni reserva

Esto es lo que más ahorra en un viaje a París y casi nadie lo sabe: los museos que pertenecen a la ciudad de París tienen la colección permanente gratuita para todo el mundo, sin reserva, sin cola y sin condiciones. Solo se paga las exposiciones temporales. Son más de una docena y varios son excelentes.

Los que de verdad merecen la tarde:

  • El museo de la historia de la ciudad, en dos palacetes del Marais con jardines, que cuenta París desde la prehistoria hasta hoy: maquetas, letreros de tiendas antiguas, reconstrucciones de habitaciones enteras y la sala de la Revolución. Es enorme, es gratis y es una de las mejores visitas de la ciudad.
  • El museo de arte moderno de la ciudad, junto al río, con una sala dominada por dos murales gigantescos de pared a pared que hay que ver sentado.
  • El museo de la caza y la naturaleza, en otro palacete del Marais: un gabinete de curiosidades disparatado, mitad taxidermia y mitad arte contemporáneo, con una sala con el techo de búhos. Es raro y es memorable. (Este cobra entrada, comprueba tarifa.)
  • La casa de Victor Hugo, en una esquina de la plaza más antigua de París, donde escribió buena parte de Los miserables.
  • El museo del romanticismo, una casa con jardín y salón de té escondida al pie de Montmartre.

Práctico: cierran los lunes en su mayoría, y algunos también un segundo día; compruébalo antes de ir, es lo único que falla. No hace falta reservar. Los de palacete son pequeños: hora y media basta.

Y son el mejor plan de un día de lluvia, porque no dependen de haber comprado nada por internet dos semanas antes.

Luxemburgo

El Jardín de Luxemburgo: la silla verde, el estanque y los veleros de palo

No es un jardín para atravesar. Es el sitio donde París se sienta, y entender eso cambia la tarde.

Las sillas. Están sueltas, son de metal y son verdes, y se arrastran donde a uno le apetezca: al sol, a la sombra, al borde del estanque, de cara a la persona con la que hablas. Es gratis, nadie te dice nada y es una de las mejores ideas urbanas de Europa. La gente lee, duerme, come, estudia y se besa. Hazlo tú también: una hora sentado aquí vale más que otro museo.

El estanque octogonal. En el centro, delante del palacio del Senado. Se alquilan barquitos de vela de madera con su número pintado en la vela y un palo largo con el que se empujan al salir del borde; el viento hace el resto y hay que correr al otro lado para recogerlos. Se lleva haciendo exactamente igual desde el siglo XIX. Media hora por unos pocos euros y es, sin exagerar, lo que muchos niños recuerdan del viaje.

Y lo demás: un tiovivo antiguo con el juego de la sortija, guiñol de marionetas con funciones por la tarde, ponis, una zona de juegos grande de pago, pistas de petanca donde juegan los mayores del barrio, un huerto de manzanos con variedades antiguas, colmenas, una fuente escondida entre plataneros al este del parque y la réplica pequeña de la Estatua de la Libertad, que se hizo aquí.

Práctico: entrada libre. Abre al amanecer y cierra al anochecer, con horario que cambia cada mes, y el cierre lo anuncia un guarda tocando un silbato y recorriendo los paseos. Los aseos son de pago. En verano hay mucha sombra y en invierno el parque está desnudo pero sigue funcionando.

Montmartre

La cúpula del Sacré-Cœur: 300 escalones y la mejor vista del norte

La basílica se entra gratis y es lo que hace casi todo el mundo. La cúpula se paga aparte y casi nadie sube, que es exactamente lo que la hace buena.

Son unos 300 escalones por una escalera de caracol muy estrecha, de sentido único, sin ascensor y sin sitio para cruzarse. Se sube seguido en unos diez minutos. No es apta para claustrofobia, ni para vértigo, ni para movilidad reducida, y con niños muy pequeños es incómoda.

Lo que se gana: el punto accesible más alto de París después de la Torre Eiffel, con 360 grados -hasta 30 kilómetros en día claro- y, a mitad de subida, un tramo por el exterior de la cúpula y por encima de la nave con la ciudad debajo y las cúpulas blancas al lado. Desde arriba se ve el norte de París, que no se ve desde ningún otro sitio.

Práctico: ~7-8 € estimado, entrada aparte de la basílica, normalmente en efectivo o tarjeta en la propia puerta de la cripta. Abre menos horas que la basílica y cierra antes en invierno: compruébalo.

La hora: por la mañana temprano, con luz de frente y sin cola. Al atardecer hay más gente en la explanada que arriba.

Y la explanada de abajo, que es gratis, tiene su propia vista y su propio ambiente: escalinata llena de gente sentada, alguien tocando y la ciudad de fondo. Merece quedarse un rato después de subir, no antes.

Aviso concreto: en las escaleras de acceso a la explanada operan los hilos y pulseras «de regalo» que luego se cobran, y los trileros. No se para, no se saca la mano, no se contesta.

Montparnasse

La torre fea: el único mirador desde el que se ve la Torre Eiffel

El rascacielos negro de 210 metros que rompe el perfil de París es el edificio más odiado de la ciudad. Y precisamente por estar donde está, tiene la mejor vista de París, por un motivo que suena a chiste y es literal: es el único mirador alto desde el que se ve la Torre Eiffel, porque no estás encima de ella.

Qué se ve: los 360 grados de la ciudad con la torre a media distancia, el eje de los Inválidos, el Sena entero, Montmartre al norte y La Défense al oeste. Hay terraza al aire libre en la azotea además del piso acristalado, y desde arriba se ve cómo París es una ciudad baja y uniforme con dos o tres cosas altas, que es algo que no se percibe desde la calle.

Cómo se sube: ascensor directo al piso 56 en menos de 40 segundos, y de ahí escaleras a la azotea. Sin colas comparables a las de la Torre Eiffel, sin reserva imprescindible.

Práctico: ~18-20 € estimado. Abre hasta tarde, más que la mayoría de miradores. La azotea puede cerrarse con viento fuerte o lluvia y entonces te quedas con el piso acristalado, que tiene reflejos.

La hora, y es la clave: sube una hora antes de la puesta de sol y quédate hasta después. Se ve la ciudad de día, el atardecer, la hora azul y el encendido de la torre -incluido el centelleo de los cinco primeros minutos de cada hora- desde el mismo sitio. Es la mejor hora que se puede pasar en París por veinte euros.

Encaja al final de una jornada de trabajo y está encima de una estación grande con metro y trenes, así que se llega desde cualquier punto.

Muelles del Sena

Bici pública por los muelles: la mejor forma de ver París en dos horas

París ha peatonalizado los muelles centrales del río y ha construido cientos de kilómetros de carril bici en pocos años. El tramo del Sena está separado del tráfico y se recorre de punta a punta sin cruzarse con un coche.

El sistema. Hay bicis públicas de préstamo con estaciones cada pocas calles, mecánicas y eléctricas, y se contrata un pase de un día desde la aplicación con la tarjeta. Las tarifas están en el bloque de transporte de este plan. Las eléctricas cuestan más por minuto y valen la pena en el norte de la ciudad, que tiene cuestas de verdad.

El recorrido, unos 8 kilómetros ida y vuelta: desde el este, junto a la isla de San Luis, por la orilla derecha peatonal hasta las Tullerías, cruzar por un puente y volver por el tramo peatonal de la orilla izquierda, que tiene contenedores reconvertidos, gradas de madera y sitios donde parar. Se para cuando apetece, se ata la bici en cualquier estación y se coge otra.

Reglas que evitan multas y sustos: casco obligatorio para menores de 12 años -compruébalo-, luces obligatorias de noche y las bicis públicas ya las llevan, prohibido circular por la acera, y los semáforos se respetan aunque veas a media ciudad no hacerlo. Nunca dos personas en una bici.

Si no has montado en ciudad, quédate en el río: el resto de París tiene carriles buenos pero también rotondas grandes, motos y autobuses.

La hora: primera de la mañana o final de la tarde. A mediodía en verano los muelles están llenos de gente tumbada. Con niños, remolque o sillita: hay comercios que los alquilan por días, y el tráfico parisino no es para una bici pequeña.

Ópera y Grandes Bulevares

La azotea gratis del centro: tejados, Ópera y torre desde arriba

Los dos grandes almacenes históricos que están detrás de la Ópera tienen terraza abierta al público en la azotea, gratuita, con acceso libre en horario comercial. Muchísima gente no sabe que existen y pagan por vistas peores.

Qué se ve: los tejados de zinc gris de París extendidos en todas direcciones -que es la textura de la ciudad y no sale en ninguna postal-, la Ópera justo debajo con su cúpula verde y su Apolo dorado, la Torre Eiffel al fondo y, en día claro, la colina de Montmartre con su basílica blanca al norte.

Cómo se hace: se entra por la puerta principal, se sube en ascensor a la última planta y se busca la señal de la terraza. Hay que atravesar el edificio, que es parte de la gracia: uno de ellos tiene una cúpula de vidriera policromada de 1912 sobre el patio central que merece los dos minutos de mirar hacia arriba desde abajo.

La hora: al atardecer es cuando funciona, con los tejados naranjas y la torre encendiéndose. También es cuando más gente hay. A media mañana está prácticamente vacía y la luz es plana pero limpia.

Práctico: cierra con la tienda, así que comprueba el horario del día -los domingos y festivos hay cambios- y no llegues en los últimos veinte minutos. En la terraza hay bar de pago, y no hay que consumir para estar.

Y encaja en cualquier hueco: son veinte o treinta minutos, es gratis, no hay que reservar y está en pleno centro. Es la mejor pausa corta de París entre dos reuniones o entre dos museos.

La Ópera Garnier por dentro, sin ir a ninguna función

Se visita de día, sin espectáculo, y es de lo mejor de París. El edificio se construyó para que el público se viera a sí mismo: más de la mitad del espacio es escalera, salones y pasillos, y solo una parte es teatro.

Lo que hay que mirar:

  • La gran escalera de mármol blanco, verde y rojo, con dos ramas que suben y se cruzan bajo una bóveda de treinta metros. Está diseñada como escenario para ver quién entra y con qué vestido.
  • El Gran Foyer: una galería de setenta metros con espejos, oro, mosaico y lámparas, pensada como respuesta francesa a la galería de Versalles.
  • La sala, en herradura, de terciopelo rojo y oro, con la lámpara de siete toneladas colgando de un techo pintado por Chagall en 1964 - un añadido moderno en un edificio del XIX que escandalizó a media Francia y hoy es lo que todo el mundo fotografía.
  • El lago subterráneo, que existe de verdad: es un depósito de agua bajo los cimientos, y de ahí sacó su idea el autor del Fantasma de la Ópera. No se visita, pero está ahí.

Práctico: ~14-16 € estimado, con audioguía aparte. Abre casi todos los días, pero si hay ensayo o función, la sala se cierra al público sin previo aviso y solo se ven los salones: es la queja más habitual de quien va. Se puede consultar el mismo día antes de comprar.

Alternativa: entradas de función desde muy poco dinero en las localidades altas o con visibilidad reducida. Ver la sala llena y con orquesta es mejor que verla vacía.

Saint-Ouen, norte de París

El rastro de antigüedades más grande del mundo, en el norte

Justo fuera del anillo norte de París hay unos mil quinientos puestos repartidos en más de diez mercados distintos, cada uno con su carácter, formando un laberinto de callejones techados y naves. Es el mercado de antigüedades más grande del planeta y lleva ahí desde finales del XIX.

Abre viernes por la mañana solo para profesionales, y sábado, domingo y lunes para todo el mundo. El resto de la semana no existe. Sábado por la mañana es el mejor momento; el lunes, el más tranquilo.

Qué hay: un mercado entero de muebles y decoración del XVIII y XIX; otro de vinilos, carteles y fotografía antigua; otro de ropa vintage, incluida ropa por kilos; naves de lámparas, vajilla, instrumentos musicales, marroquinería, juguetes de hojalata, taxidermia y piezas industriales. Los precios van desde tres euros hasta cifras de subasta, según el mercado en el que estés.

Cómo se compra: se regatea con educación, preguntando si ese es su mejor precio, y se acepta la respuesta. Muchos puestos aceptan tarjeta; lleva algo de efectivo por si acaso. Calcula el bulto antes de comprar: mucha gente se enamora de algo que no cabe en la maleta.

Aviso concreto, no genérico. Desde el metro hasta la entrada se cruza un tramo de venta callejera ilegal muy densa -ropa, tabaco, móviles- que es ruidoso, agobiante y donde hay carterismo. Se cruza a paso vivo, con la mochila delante y sin sacar el móvil; en dos minutos estás dentro del mercado, que es otra cosa. Ve con luz y en fin de semana por la mañana. Es información para decidir cómo te mueves, no una promesa de seguridad.

Dentro hay bares y restaurantes de toda la vida, algunos con música en vivo el fin de semana. Tres horas se van sin darte cuenta y no cuesta nada mirar.

Sena, embarcaderos del centro

El barco por el Sena: cuándo merece la pena y cuándo es una turistada

Es lo más turístico de París y aun así funciona, por una razón concreta: París se construyó de cara al río, así que las fachadas buenas de media ciudad se ven desde el agua y no desde la calle.

Cuándo merece la pena de verdad: al anochecer. Sales con luz, y en una hora la ciudad se enciende entera. La Torre Eiffel centelleando desde el agua, en el punto en que el barco gira debajo, es el momento por el que la gente se sube. De día, con sol alto, es bastante menos.

Qué se ve: el Louvre por su fachada larga, el Orsay, los treinta y siete puentes del centro con sus esculturas, la isla donde nació la ciudad con Notre-Dame por su ábside, y el tramo hacia el oeste hasta la torre.

Las tres opciones, de menos a más:

  • El barco turístico normal, salida cada 20-30 minutos desde varios embarcaderos, una hora, con comentario grabado. ~15-18 € estimado, más barato comprado por internet.
  • El transporte fluvial público con paradas, si existe la línea en esas fechas: cuesta menos y no lleva comentario, pero sirve para moverse.
  • El barco con cena, que cuesta cinco veces más y donde se come regular por definición. Si el objetivo es la vista, es tirar el dinero; si el objetivo es la ocasión, se entiende.

Práctico: en la cubierta alta al aire libre se ve mucho mejor y se pasa frío de verdad de octubre a abril: chaqueta, aunque en tierra no la necesites. Con niños funciona muy bien: se están quietos porque hay algo que mirar. Reserva innecesaria salvo en verano y en fin de semana.

Sena, puntos de baño habilitados

Bañarse en el Sena: existe, es gratis y depende del análisis de esa mañana

Bañarse en el Sena estuvo prohibido durante un siglo. Tras una obra enorme de saneamiento -depósitos de tormenta, conexión de las embarcaciones al alcantarillado, tratamiento de aguas- París ha habilitado zonas de baño en el propio río, en varios puntos de la ciudad, con plataformas de madera, escaleras al agua, socorristas, vestuarios y aforo controlado.

Es gratuito y es, sin exagerar, una de las cosas más raras y más divertidas que se pueden hacer hoy en una capital europea: nadar mirando los puentes desde el agua.

Y aquí está la letra pequeña, que es todo el bloque:

  • Es de temporada, en pleno verano y por un número limitado de semanas.
  • Abre o cierra cada día según el análisis del agua. Una tormenta la víspera suele significar cerrado, porque la lluvia arrastra al río lo que el alcantarillado no absorbe. Hay que comprobarlo esa misma mañana en la información municipal, no la víspera.
  • Hay aforo y hay cola en los días buenos, y turnos por franjas.
  • Se exige saber nadar y hay pruebas o profundidad mínima en algunos puntos; con niños, comprueba la edad mínima del punto concreto.
  • El agua está más fría de lo que parece y hay corriente: es un río, no una piscina.

Alternativa que funciona siempre: París tiene decenas de piscinas municipales baratísimas, varias en edificios históricos preciosos y una que flota sobre el propio Sena, con techo que se abre en verano. Si el río está cerrado, esa es la respuesta.

Práctico: chanclas, toalla y bolsa estanca para el móvil. No hay consigna en todos los puntos.

Esto es información para decidir, no una promesa: el estado del agua lo determina el ayuntamiento cada día y solo su parte del día cuenta.

Tramos abiertos (sur, oeste, noreste y distrito 13)

La Petite Ceinture: andar por la vía de tren abandonada que rodea París

Entre 1852 y 1934 un ferrocarril de circunvalación dio la vuelta completa a París por dentro de las murallas. Cerró, se quedó ahí, y durante ochenta años fue un secreto de la ciudad: 32 kilómetros de vía con raíles, traviesas, túneles, trincheras y estaciones abandonadas, comidos por la vegetación en pleno tejido urbano.

El ayuntamiento ha ido abriendo tramos como paseo, dejando los raíles en el suelo y la vegetación como estaba. Se anda entre muros de piedra cubiertos de hiedra, con los edificios asomando arriba, y no se oye la ciudad. Es el sitio más raro de París.

Los tramos abiertos están repartidos por el sur, el oeste, el noreste y el distrito 13, con accesos señalizados y de unos 500 metros a más de un kilómetro cada uno. No están unidos entre sí: se hace uno, no la vuelta entera. En algunos hay huertos vecinales, apiarios, zonas de juego y bares instalados en las antiguas estaciones.

Cuál coger: el del suroeste es el más largo y el más ajardinado; el del noreste tiene el ambiente más salvaje; el del 13 se encadena con los murales de gran formato del barrio.

Aviso serio: los tramos NO habilitados siguen cerrados, y entrar en ellos es allanamiento y es peligroso -túneles sin luz, pozos, desprendimientos- y está sancionado. Hay muchísima gente que lo hace y hay accidentes. Quédate en los tramos abiertos, que además son los bonitos.

Práctico: entrada libre, horario de parque -cierra de noche-, suelo de tierra y balasto irregular. Mal plan con carrito. Muy buen plan con cámara: la luz entre los muros y la vegetación es rarísima. Una hora por tramo, sin prisa.

Tullerías y Concordia

Los nenúfares de Monet: dos salas ovaladas y ochenta metros de cuadro

En un extremo de los jardines de las Tullerías hay un antiguo invernadero de naranjos que guarda el encargo final de Monet al Estado francés: ocho paneles de nenúfares, casi cien metros lineales de pintura, montados en curva en dos salas ovaladas construidas a medida y con luz cenital natural.

Monet los diseñó como un lugar para descansar los nervios -lo dijo así- al final de la Primera Guerra Mundial, y supervisó personalmente el montaje. La curva de las paredes hace que el agua te rodee: no hay marco, no hay esquina, no hay dónde parar de mirar. Cada sala es un momento del día, del amanecer al anochecer.

Cómo se hace bien: entra, siéntate en el banco del centro y no te muevas en diez minutos. Es un museo para estarse quieto, no para recorrer. Si vas con prisa, no vayas.

Abajo, en el sótano, hay una colección pequeña y excelente de Renoir, Cézanne, Matisse, Modigliani y Picasso, que se ve en cuarenta minutos y que casi nadie espera.

Práctico: ~12-14 € estimado, gratis para menores de 18 y residentes UE menores de 26. Cierra un día a la semana: compruébalo. Se llena a media mañana, así que primera franja del día o última de la tarde. Entrada con hora por internet.

Y está en el sitio perfecto: en la esquina de las Tullerías, a diez minutos del Louvre y del Orsay, junto a la plaza de la Concordia. Es el museo corto de París: si solo te queda una hora, este es.

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