Los 10 destinos abiertos

Nueva York · 28 apartados

Qué hacer en Nueva York

Qué es cada sitio y por qué merece la pena, por barrios. Sin listas de «imprescindibles»: lo que hay, cuánto lleva y qué conviene saber antes de ir.

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Bahía de Nueva York

El ferry que cruza la bahía: la mejor vista de Nueva York y no es un barco turístico

Es transporte público -un ferry que une el sur de Manhattan con Staten Island- y pasa al lado de la estatua de la Libertad con el skyline entero detrás. Los barcos turísticos hacen básicamente el mismo recorrido y cobran lo que cobran.

Cómo se hace bien, que son cuatro detalles:

  1. Ponte a la derecha yendo hacia Staten Island y a la izquierda al volver. Ahí está la estatua.
  2. Sal a la cubierta exterior. Dentro se ve por una ventana sucia; fuera se ve la bahía.
  3. La hora dorada, al atardecer. Manhattan de espaldas al sol, encendiéndose. Es la mejor imagen que te vas a llevar del viaje.
  4. Al llegar a Staten Island, no des media vuelta dentro de la terminal. Casi todo el mundo lo hace. A un paseo corto hay un paseo marítimo con vistas frontales al skyline entero y un estadio pequeño de béisbol junto al agua.

Lo que hay que saber:

  • Sale con mucha frecuencia durante casi todo el día y también de madrugada, con menos barcos.
  • La travesía es corta, y con la espera y la vuelta cuenta hora y media si no sales de la terminal.
  • Cuánto cuesta -o si cuesta- está en el bloque de transporte de este destino, con la fuente oficial. No te fíes de lo que hayas leído por ahí.
  • En invierno hace mucho frío en cubierta y el viento de la bahía corta. Merece la pena igual: abriga.
  • Con temporal se cancela. Es raro, pero pasa.

Y su hermano menos conocido: la ciudad tiene además una red de ferris urbanos por el East River que conecta Manhattan con varios puntos de Brooklyn y Queens. Esos sí llevan tarifa, van por dentro de la ciudad y pasan bajo los puentes: es el mejor desplazamiento que se puede hacer aquí, y sirve de verdad para ir de un sitio a otro. También está en transporte.

Con qué combina: con el día del sur de Manhattan. Se termina el memorial y Wall Street, se baja al puerto y se coge el barco a última hora de la tarde.

Governors Island: una isla militar sin coches a siete minutos en barco del centro

A siete minutos en ferry del sur de Manhattan hay una isla sin un solo coche, con fuertes del siglo XIX, casas de oficiales con porche, praderas, colinas artificiales y bicicletas. Casi ningún viaje la incluye y casi todo el que va lo cuenta después.

Qué hay:

  • Dos fortificaciones militares de principios del XIX, en pie y visitables.
  • Un barrio entero de casas de madera y ladrillo de cuando esto era una base del ejército, con calles arboladas y silencio absoluto.
  • Cuatro colinas artificiales construidas con escombro, con senderos, el tobogán más largo de la ciudad y, desde la más alta, una vista de 360 grados: Manhattan, la estatua, los puentes y el puerto.
  • Hamacas, praderas, arte contemporáneo al aire libre y alquiler de bicicletas.

Cómo funciona, y esto hay que comprobarlo antes:

  1. Se llega solo en ferry, desde el sur de Manhattan o desde Brooklyn. Los barcos salen cada poco tiempo.
  2. La isla tiene temporada de apertura y horario, y ambos cambian de un año a otro. Compruébalo en su web antes de ir: es exactamente el dato que no debe copiarse de un blog.
  3. Los días laborables está prácticamente vacía; los fines de semana de verano, muy concurrida.
  4. Media jornada es la medida justa. Con bici, tres horas; andando, cuatro.

Lo que hay que llevar: comida y agua si vas fuera de la temporada alta, porque los puestos abren según calendario. Y gorra: hay poca sombra en las colinas.

Por qué merece el hueco en el itinerario: porque es el único sitio del viaje donde estás dentro de la vista de Nueva York en vez de mirándola. Y porque la ausencia de coches, después de cinco días de Manhattan, se nota en el cuerpo.

Con qué combina: con el día del agua y los ferris, y con el sur de Manhattan.

La estatua de la Libertad y Ellis Island: medio día largo, y la isla que emociona no es la que crees

Es la visita más vendida de la ciudad y también la peor planificada. No es una parada: es medio día largo, y hay que decidir tres cosas antes de comprar nada.

Primera decisión: ¿pisarla o verla? Desde el ferry de la bahía que cruza a Staten Island se pasa al lado de la estatua y se ve entera, y para muchísima gente eso es suficiente. Desembarcar en la isla es otro plan, con su embarque, su control de seguridad tipo aeropuerto y sus colas.

Segunda: hasta dónde subes. Hay tres niveles de acceso -la isla, el pedestal y la corona-, cada uno con su entrada y sus condiciones. La corona exige reserva con mucha antelación, tiene escaleras estrechas y no es apta para cualquiera. Las condiciones exactas y dónde se compran están en el bloque de entradas de antes de salir, con la web oficial: es justo el dato que la reventa presenta mal.

Tercera, y la que más gente agradece haber sabido: la segunda isla. El billete incluye Ellis Island, por donde entraron al país millones de personas entre 1892 y 1954. El edificio de registro está conservado, con la gran sala de los bancos, los pasillos de inspección médica y las historias de quienes fueron devueltos. Hay quien llega para ver la estatua y sale diciendo que lo que le impresionó fue esto. Hay además una base de datos donde se pueden buscar apellidos.

Cómo se hace bien:

  • Ve en el primer barco de la mañana. Es la diferencia entre veinte minutos de cola y dos horas.
  • Sal desde el sur de Manhattan o desde el lado de Nueva Jersey, que suele estar mucho menos concurrido.
  • Cuenta cinco horas con los dos desembarcos.
  • Come antes. La oferta en las islas es limitada.
  • En invierno, abriga de más: el viento en la bahía es otra cosa.

Y la advertencia de dinero: en el paseo marítimo hay gente vendiendo billetes de barcos que no van a las islas. Los ferris oficiales salen de un punto concreto y se compran en un solo sitio.

Bajo Manhattan

El museo del 11 de septiembre: la visita más dura del viaje, y hay que decidirla antes de la puerta

El memorial exterior -los dos estanques cuadrados en el hueco exacto de las torres, con los nombres grabados en bronce- es de acceso libre y muchísima gente hace solo eso. El museo está debajo, ocupa el subsuelo hasta los cimientos originales y es una experiencia completamente distinta.

Qué hay dentro, dicho con claridad para que puedas decidir: restos estructurales de las torres, vehículos de emergencia destruidos, objetos personales de las víctimas, mensajes de voz grabados aquella mañana y una sección con material audiovisual muy explícito. Es un museo excelente y es muy duro. No es una visita para hacer con prisa, ni entre dos cosas, ni con niños pequeños.

Lo que conviene saber antes:

  • La sección más explícita está señalizada y se puede rodear. El museo lo hace a propósito y no pasa nada por saltársela.
  • Hay una zona con los retratos de las víctimas que es lo que más gente recuerda.
  • Los cimientos originales y el muro de contención que aguantó son la parte arquitectónica, y son impresionantes por sí mismos.

Cómo organizarlo:

  1. Entrada con hora, y conviene sacarla con antelación. Hay franjas de acceso reducido o gratuito, y cuáles y cuándo está en el bloque de entradas de antes de salir, con la web oficial.
  2. Cuenta dos horas y media como mínimo. Menos, no compensa.
  3. No metas nada exigente después. Sal, siéntate en el parque de al lado y deja pasar un rato.
  4. Control de seguridad tipo aeropuerto a la entrada.

Y una nota de comportamiento, porque hace falta: el memorial exterior es un cementerio de facto. Hay familiares visitando a los suyos. No se come, no se pisan los bordes de bronce y no se hacen fotos de grupo sonriendo delante de los nombres. Está señalizado y aun así se ve todos los días.

Bronx y Queens

Un partido de béisbol: la entrada más fácil, la tarde más americana y no hace falta entender nada

De todos los deportes que se pueden ver aquí, el béisbol es el que hay que elegir en un primer viaje: es el más barato, el más fácil de conseguir y el que mejor funciona aunque no entiendas las reglas.

Por qué es fácil: los dos equipos de la ciudad juegan muchísimos partidos entre primavera y final de verano, así que casi cualquier semana de esa mitad del año hay uno en casa. Eso mantiene las entradas asequibles, al contrario que en fútbol americano o baloncesto.

Los dos estadios, uno en el Bronx y otro en Queens, tienen parada de metro en la puerta. Y hay un tercero, pequeño y de liga menor, junto a la playa en el sur de Brooklyn, que es una tarde estupenda y cuesta una fracción.

Cómo es la tarde:

  1. Se llega una hora antes y se come dentro. La comida del estadio es parte del plan, no un mal necesario.
  2. Se sigue el partido a ratos. La gente habla, se levanta a por comida y vuelve. No hay tensión de fútbol europeo.
  3. Hay un descanso a mitad del séptimo turno en el que todo el estadio se levanta y canta una canción. Levántate y canta.
  4. El himno al principio: la gente se pone en pie y se descubre. Hazlo tú también.
  5. Duran unas tres horas, a veces más, porque no hay reloj.

Lo que hay que saber para no perderte del todo: se juega en nueve turnos, cada equipo ataca y defiende, y el objetivo es dar a la bola y recorrer las cuatro bases. Con eso basta. Lo demás lo va explicando la megafonía y el de al lado, que te lo contará encantado si preguntas.

Práctico:

  • Control de bolsos y limitación de tamaño: muchos estadios no admiten mochila.
  • La entrada es digital y nominativa. Batería en el móvil.
  • Se compra en la web del equipo o en su plataforma de reventa asociada, que aquí es legal y funciona bien. El mismo asiento cuesta muy distinto según el rival y el día de la semana.
  • Si llueve, se suspende y se reprograma. Mira la política de tu entrada.

Y si no coincide temporada: los dos estadios grandes hacen visita guiada por dentro, y en otoño e invierno hay baloncesto y hockey en pabellones de Manhattan y Brooklyn.

Bushwick

Los murales de Bushwick: manzanas enteras de naves pintadas, y cambian cada temporada

En el norte de Brooklyn hay un polígono de naves industriales cuyas fachadas están pintadas del suelo al techo, manzana tras manzana, por artistas de todo el mundo. No es un mural suelto: es un barrio entero convertido en muro.

Lo que lo hace distinto de otros sitios de arte urbano:

  • Se renueva constantemente. Muchas piezas duran meses. Lo que veas tú no lo vio nadie el año pasado y no lo verá nadie el año que viene, y eso es parte del trato.
  • Está autorizado: los dueños de las naves ceden las paredes. No es vandalismo tolerado, es un acuerdo.
  • Sigue siendo un polígono en uso. Entre mural y mural hay camiones descargando y talleres trabajando. Eso es lo que le da la textura.

Cómo se hace:

  1. Metro hasta el barrio y andar. El núcleo son unas pocas manzanas y se recorre en una hora larga.
  2. De día. No es un sitio de noche: es un polígono, y de noche está oscuro y vacío.
  3. Fin de semana por la mañana es lo mejor: las naves están cerradas y se ven las paredes enteras sin camiones delante.
  4. Hay visitas guiadas que cuentan quién pintó qué; también se disfruta perfectamente por libre.

Para hacer fotos: es el mejor sitio de la ciudad y no cuesta nada. La luz de media mañana entra de lado y no quema los colores. Cuidado con las sombras duras del mediodía en verano.

Alrededor: el barrio tiene cafés, panaderías y sitios de comer entre las naves, y una vida nocturna importante. Es de los barrios que más ha cambiado en quince años, y ese cambio tiene sus tensiones: hay murales que hablan precisamente de eso, del barrio latino y afroamericano que estaba aquí antes y de lo que ha subido el alquiler. Vale la pena leerlos.

Con qué combina: con el día de Brooklyn, enlazando con Williamsburg, que está a un par de paradas.

Central Park

Remar en el lago de Central Park: media hora de barca y la mejor relación calidad-precio del viaje

En el lago de Central Park se alquilan barcas de remo por horas, y es de las cosas más agradecidas y menos caras que se hacen en Nueva York. Se rema entre árboles, bajo un puente de hierro fundido del siglo XIX, con los edificios del Upper West Side asomando por encima de las copas.

Por qué merece la pena de verdad:

  • Es la única manera de estar en Central Park en silencio. Desde el agua no se oye la ciudad.
  • La foto es la que todo el mundo reconoce y la haces tú desde dentro.
  • Funciona igual de bien en pareja, con niños mayores y en grupo.

Cómo funciona:

  1. Hay un embarcadero en la orilla este del lago, y se alquila por tiempo con una fianza.
  2. No hace falta saber remar. El lago es pequeño, poco profundo y no hay corriente.
  3. Media hora es poco, una hora sobra. Cuarenta minutos es el punto justo.
  4. Van hasta cuatro personas por barca, y solo rema una a la vez cómodamente.

Y la estacionalidad, que aquí sí manda: el alquiler funciona en la temporada templada, aproximadamente de primavera a otoño, y cierra en invierno. Los meses exactos cambian de un año a otro y dependen del hielo, así que se comprueba en la web del parque. En invierno el mismo lago se hiela y el plan es otro: pasear por la orilla.

Alternativas en el agua dentro de la ciudad, por si el lago está cerrado o quieres algo más serio:

  • Kayak en el Hudson, que en la temporada templada se ofrece en varios embarcaderos con salidas cortas junto a la orilla.
  • Barcas también en el parque grande de Brooklyn, con el mismo esquema y menos gente.

Práctico: llévate gorra y agua en verano, porque en el lago no hay sombra. Y cuidado con el móvil: se cae al agua todos los días.

Centro de Brooklyn

El museo del transporte: una estación de metro abandonada llena de vagones antiguos, y se sube a todos

En Brooklyn hay una estación de metro clausurada en los años cuarenta, con sus andenes y sus vías, convertida en museo. Y en las vías, en fila, hay una veintena de vagones originales desde 1900 hasta los años setenta.

Lo que la hace especial: se sube uno a todos. No hay cordón ni cristal. Te sientas en un vagón de 1917 con asientos de mimbre, ventiladores de techo y anuncios de la época pegados en el interior; pasas al de los años treinta, al de los cincuenta con sus asientos de plástico moldeado, al de los setenta lleno de grafiti. Los anuncios de dentro son originales de cada década, y leerlos es la mitad de la visita.

Arriba, en el vestíbulo:

  • Los tornos originales de distintas épocas, que se pueden accionar.
  • Una colección de señalización, mapas y planos de cómo se fue construyendo la red.
  • Una sección sobre la construcción de los túneles, que se excavaron a mano a principios del siglo XX en condiciones que hoy no se permitirían.
  • Y una cabina de autobús donde los niños se sientan a conducir.

Por qué merece el viaje, incluso si el transporte no te interesa: porque cuenta la ciudad. La red de metro es lo que hizo posible que Nueva York creciera hasta los cinco boroughs, y verla en orden cronológico, vagón a vagón, explica el crecimiento mejor que cualquier maqueta.

Con niños es un acierto grandísimo y con adultos también: es de esos museos pequeños de los que la gente sale contando cosas.

Práctico:

  • Está en el centro de Brooklyn, cerca del ayuntamiento del borough, con varias líneas al lado.
  • Cuenta hora y media.
  • Cierra algún día entre semana y tiene horario reducido; se comprueba en su web, que es donde está también el precio vigente. Está en el bloque de entradas.
  • Se accede bajando escaleras a una estación real, con lo que eso implica de accesibilidad.

Con qué combina: con el día de Brooklyn, y es un plan de lluvia excelente.

Chelsea y Hudson Yards

La High Line: un kilómetro y medio de vía de tren elevada convertida en parque

Es una vía de mercancías elevada, abandonada durante veinte años, que iban a demoler y que un grupo de vecinos consiguió salvar. Hoy es un parque estrecho a la altura de un tercer piso por el que se camina entre plantas, con la ciudad a los lados y el tráfico debajo.

Por qué funciona tan bien: porque la ciudad se ve desde una altura que no es ni la calle ni el mirador. Pasas entre edificios, por debajo de algunos, con las ventanas de las casas a diez metros. Y la vegetación está plantada imitando lo que creció solo en la vía abandonada: hierbas altas, abedules, flores silvestres. No es un jardín, es un descampado hecho a propósito.

Cómo recorrerla:

  1. De sur a norte, empezando junto al museo de arte contemporáneo del sur, y saliendo arriba en el barrio nuevo del oeste.
  2. Son kilómetro y medio: una hora andando con paradas.
  3. Hay bancos, gradas de madera mirando a la avenida por un ventanal, y agua en verano.
  4. Se cruza el mercado cubierto de Chelsea a mitad de camino, que es la parada de comer.

Cuándo ir, que aquí importa mucho:

  • Temprano o a última hora. A media tarde de sábado es un atasco de gente en un pasillo estrecho: se anda en fila y se pierde toda la gracia.
  • Primavera y principios de otoño son la mejor época por la vegetación.
  • En invierno está pelada y ventosa, pero vacía, y el paseo sigue mereciendo la pena.

Accesibilidad, que aquí no es un detalle menor: hay varias entradas y no todas tienen ascensor. Si vas con carrito, con silla o con movilidad reducida, mira cuáles antes de plantarte en una escalera.

Práctico: no se puede ir en bici ni con patines, no se puede llevar perro y no hay baños en todo el recorrido salvo en un extremo. Y al final del recorrido está el barrio nuevo del oeste, con el voladizo de cristal y la escultura de escaleras: si vas a subir a alguno de los dos, este paseo es su antesala natural.

Dumbo y Bajo Manhattan

Cruzar el puente de Brooklyn andando: hazlo hacia Manhattan y a primera hora

Es de las tres cosas que hay que hacer sí o sí, y la dirección y la hora deciden si sale bien o si es un empujón entre gente.

La dirección: de Brooklyn hacia Manhattan. Yendo así tienes el skyline de frente todo el rato y creciendo; en el otro sentido lo llevas a la espalda y te pasas el paseo girando el cuello. Es el mismo puente y no es la misma experiencia.

La hora: temprano, o al anochecer. A media mañana y toda la tarde, el paseo peatonal es una masa parada haciéndose fotos. A primera hora está casi vacío y la luz entra de lado entre los cables.

Lo práctico:

  • Son casi dos kilómetros contando las rampas, en tablones de madera, con subida suave. No es duro; con viento de invierno se hace largo y arriba no hay dónde resguardarse.
  • El carril de bicicletas está separado del de peatones. Respeta el tuyo: los ciclistas van rápido y van a trabajar.
  • No hay baños ni agua en el puente. Resuélvelo antes.
  • Se sale por el lado de Manhattan junto al ayuntamiento, y desde ahí Chinatown está a cinco minutos.

Lo que hace el paseo mejor si lo sabes: cuando se terminó, en 1883, era el puente colgante más largo del mundo y la construcción más alta del continente. Las dos torres de piedra que cruzas fueron durante años los edificios más altos de Nueva York, por encima de cualquier campanario. Se levantó antes de que existiera un solo rascacielos: el skyline al que caminas de frente llegó después, y llegó en parte porque este puente demostró que se podía construir así.

Y el detalle humano: el ingeniero que lo proyectó murió antes de empezar la obra, su hijo quedó inválido por la enfermedad de los cajones de aire comprimido, y fue su mujer quien dirigió la construcción durante once años, aprendiendo matemáticas y cálculo de estructuras sobre la marcha. Hay una placa.

Con qué combina: con Dumbo y el paseo del puerto de Brooklyn antes, y con el sur de Manhattan o Chinatown después.

El Bronx

El jardín botánico del Bronx: un invernadero victoriano y el último bosque original de la ciudad

Es un jardín botánico de los grandes del mundo, y tiene dos cosas que no tiene ningún otro sitio de Nueva York.

La primera: el invernadero de cristal, una estructura victoriana de finales del XIX con cúpula y alas laterales, con selva tropical, desierto y plantas acuáticas dentro. Es un refugio perfecto en pleno enero, y de las visitas más agradables que hay con frío.

La segunda, y es la buena: el bosque. Veinte hectáreas de bosque original que nunca llegó a talarse, con robles y tulíperos de siglos, un río con rápidos y un desfiladero de roca. Es el único trozo de bosque virgen que le queda a la ciudad, y estar dentro de él sabiendo que estás en Nueva York es una sensación rara y buena.

Y además, según la estación:

  • Primavera: cerezos, magnolias, azaleas, lilos. Es el momento fuerte del jardín.
  • Verano: rosaleda y nenúfares.
  • Otoño: el color del bosque, que es la razón por la que la gente viene a esta parte del mundo en octubre.
  • Invierno: el invernadero, y una exposición de trenes en miniatura circulando entre maquetas de edificios de la ciudad hechas con materiales vegetales, que es una institución navideña local y se llena.

Práctico:

  1. Se llega en tren de cercanías con parada casi en la puerta, y también en metro andando un poco. El tren es lo cómodo.
  2. Cuenta tres horas para hacerlo bien; el recinto es grande y hay un tranvía interno.
  3. Hay entrada general y entradas con acceso a las exposiciones especiales, y una franja semanal de entrada reducida o gratuita que cambia cada temporada. Se comprueba en su web; está en el bloque de entradas.
  4. Las exposiciones estrella -orquídeas en invierno, los trenes de Navidad- van con hora y se agotan.

Con quién funciona: con niños, muy bien, sobre todo por el jardín infantil y el bosque. En pareja, es de los planes más tranquilos del viaje. Y viajando solo, es un día entero de silencio a media hora de Midtown.

El zoo del Bronx: enorme, con hábitats de verdad, y el mejor día con niños de la ciudad

Es uno de los zoos urbanos más grandes de Estados Unidos y no se parece al zoo que uno se imagina: está organizado por hábitats amplios en lugar de jaulas, con bosque de verdad entre unas zonas y otras.

Lo que hay que ver:

  • El bosque de gorilas, un pabellón grande de selva africana bajo techo, con troncos, agua y niebla. Es de lo mejor del zoo.
  • La zona de África al aire libre, con jirafas, cebras y antílopes en praderas grandes.
  • La casa de los reptiles y la de los murciélagos, que son edificios históricos de principios del siglo XX.
  • Los grandes felinos y el bosque de tigres.
  • El tren elevado que recorre el parque, que además de ser un plan por sí mismo salva mucha caminata.

Lo práctico, que en un sitio de este tamaño decide el día:

  1. Ve por la mañana. Los animales están activos y hay menos gente.
  2. Es grande de verdad: cuenta cuatro horas mínimo y calzado cómodo.
  3. El tren interior y algunas atracciones van con suplemento aparte de la entrada. Hay entradas combinadas y no siempre compensan: la cuenta está en el bloque de entradas, con la web del zoo.
  4. Hay un día o franja de entrada a voluntad cada semana. Cuál y en qué condiciones cambia; se comprueba en su web, no en un blog.
  5. Se llega en metro y también en tren de cercanías, y el tren es bastante más rápido desde Manhattan. Está en transporte.

La estacionalidad, con honestidad: en primavera y otoño es perfecto. En pleno invierno, media zona al aire libre pierde sentido y varios animales están dentro; sigue funcionando, pero no es lo mismo. En verano hace calor y humedad, así que temprano.

Y el vecino de al lado: el jardín botánico está a pocos minutos, y los dos en el mismo día son demasiado. Elige uno, o reserva el día entero para el borough.

Con qué combina: con el día del Bronx, y con la calle de comercios italianos que está a diez minutos.

Lower East Side

El museo del edificio de vecinos: los pisos donde vivían siete personas en veinte metros, tal cual

Es un bloque de viviendas del siglo XIX del Lower East Side conservado como estaba, con los pisos de familias concretas reconstruidos con sus nombres, sus oficios y sus historias reales. No hay vitrinas ni cartelas: hay habitaciones.

Por qué impresiona tanto: porque el tamaño no se puede transmitir en una foto. Cuartos de veinte metros cuadrados donde vivía una familia de siete, sin agua corriente, con una sola ventana o ninguna, y un retrete compartido en el patio. Y luego sales a la calle y ves que el barrio entero era así.

Cómo funciona la visita, y esto hay que saberlo antes:

  • Solo se entra con visita guiada, en grupos pequeños y con reserva. No se puede aparecer y entrar. Las plazas se agotan, sobre todo en fin de semana.
  • Hay varios recorridos distintos, cada uno centrado en una familia o en una época: una familia alemana de los 1870, una judía de principios del XX, una portorriqueña de los años cincuenta. Se elige uno, no se hacen todos.
  • Las visitas son en inglés salvo excepciones. Si el inglés te cuesta, este no es tu museo: es una visita hablada de una hora.
  • Hay escaleras estrechas y empinadas y el edificio, por ser lo que es, tiene la accesibilidad que tiene. Consúltalo antes si te afecta.

Con qué combina: con el día de Chinatown y el Lower East Side, y con la isla de la inmigración. Ese es el orden que cuenta la historia completa: se llegaba por la isla, se vivía aquí.

Y una cosa que hace este museo mejor que la mayoría: no romantiza nada. Cuenta el hacinamiento, la mortalidad infantil, el trabajo a destajo en el propio piso y el racismo que recibió cada oleada. También cuenta que de ahí salió media ciudad.

Práctico: las reservas y los recorridos disponibles se miran en su web, que es donde está el precio vigente y la disponibilidad. Está en el bloque de entradas de antes de salir.

Midtown

El museo de arte moderno: dos horas, cuatro cuadros que ya conoces y ninguna sensación de deuda

Después de los dos museos enciclopédicos, este se agradece: es grande pero abarcable, está ordenado con lógica y en dos horas se ve lo que uno vino a ver.

Lo que hay dentro y todo el mundo reconoce: la noche estrellada de Van Gogh, los relojes blandos de Dalí, las señoritas de Picasso, los nenúfares de Monet en una sala curva hecha para ellos, y Warhol, Pollock, Rothko y Matisse. Es la colección de arte del siglo XX más completa del mundo, y está montada en orden cronológico, así que se recorre como una historia.

Cómo se visita:

  1. Sube a la planta más alta de la colección permanente y baja. Así el recorrido va de principios de siglo hacia hoy, que es como está pensado.
  2. Las salas famosas están en las plantas de arriba. Ve pronto: delante de los cuadros conocidos hay gente todo el día.
  3. Las exposiciones temporales de este museo son muy buenas y a veces son el motivo real de la visita. Mira qué hay antes de ir.
  4. El jardín de esculturas, en la planta baja, es un patio precioso entre torres y es donde se descansa.

Lo que hay que saber de la entrada: es de las más caras de la ciudad, tiene entrada con hora y hay una franja semanal de acceso gratuito que se agota enseguida y en la que el museo va lleno de verdad. Cuál es y cómo se consigue está en el bloque de entradas, con la web del museo.

Y una alternativa que casi nadie considera: si lo que te interesa es el arte contemporáneo más que el moderno, hay otros dos museos en la ciudad -uno en el sur, junto a la High Line, y otro en el Upper East Side- más pequeños, menos llenos y con mejores vistas. Si el siglo XX ya lo tienes visto en Europa, quizá tu museo sea uno de esos.

Práctico: está en pleno Midtown, así que encaja bien en una tarde entre otras cosas. Mochilas al guardarropa.

Grand Central y la Biblioteca Pública: dos de las mejores salas de la ciudad, y las dos son gratis

Están a tres manzanas una de otra, no cuestan nada y son dos de los cinco interiores más impresionantes de Nueva York. Es la mejor hora y media gratuita que tiene el viaje.

La estación:

  • Entra por la rampa principal, no por una puerta lateral. La sala aparece de golpe y ese golpe es la mitad del asunto.
  • El techo con las constelaciones está pintado al revés. Hay varias explicaciones -que se copió de un manuscrito medieval que las mostraba desde fuera de la esfera celeste, que fue un error de andamio- y ninguna está cerrada del todo.
  • El reloj de cuatro caras del centro es el punto de encuentro de la ciudad desde hace un siglo.
  • La galería de los susurros, en la bóveda de azulejo de abajo, junto a la marisquería: dos personas en esquinas opuestas se oyen hablando bajito contra la pared. Funciona de verdad y es gratis.
  • Y el mercado y los puestos de comida de la planta baja, que son buenos.

La biblioteca:

  • Los dos leones de la escalinata son de las esculturas más queridas de la ciudad.
  • La sala de lectura principal es una nave de un tamaño difícil de creer, con techo pintado, lámparas de bronce y mesas de madera llenas de gente estudiando de verdad. Se entra y se puede sentar uno.
  • Las exposiciones de la planta baja son gratuitas y a menudo excelentes: mapas antiguos, manuscritos, cartas.
  • Detrás está Bryant Park, que cambia de cara con la estación: césped y sillas en verano, y un mercadillo con pista de hielo en la temporada fría.

Cómo encajarlo: es la parada perfecta entre dos cosas de Midtown, un día de lluvia o un hueco de un viaje de trabajo. Se puede hacer en cuarenta minutos y se puede estirar a dos horas.

Práctico: la sala de lectura es una sala de estudio y a veces cierra por actos; se entra en silencio. En la estación, ojo con pararse en medio de la sala a las seis de la tarde: por ahí pasa media ciudad corriendo.

La catedral de San Patricio: una catedral gótica encajada entre rascacielos, y se entra gratis

Está en plena Quinta Avenida, con torres de ciento diez metros rodeadas de edificios que la doblan en altura, y es de las estampas que mejor resumen Nueva York: lo viejo de Europa metido con calzador en una ciudad que creció alrededor.

Lo que hay que saber para mirarla bien:

  • Es neogótica del siglo XIX, no medieval. Se levantó cuando esto todavía estaba a las afueras de la ciudad, y en su momento pareció una locura construir algo tan grande tan lejos del centro. Cincuenta años después tenía Midtown alrededor.
  • La fachada, desde la acera de enfrente, con el edificio de oficinas de cristal reflejándola. Es la foto.
  • Dentro: nave altísima, vidrieras, un órgano grande y capillas laterales. Se entra libremente y hay gente rezando de verdad: es una iglesia en uso, no un monumento.
  • La puerta de bronce y la escalinata, que es uno de los puntos de encuentro de la ciudad.

Cómo encajarla: son quince o veinte minutos y está justo enfrente del conjunto de edificios con la terraza-mirador y la plaza de la pista de hielo. Las dos cosas se hacen seguidas sin pensarlo.

Y dos apuntes que le dan contexto:

  • Se construyó con donaciones de inmigrantes irlandeses pobres, en una época en que ser católico e irlandés en esta ciudad era motivo de desprecio abierto. La catedral fue una declaración de que estaban aquí para quedarse.
  • Cada año pasa por delante el desfile del día de San Patricio, que es de los más multitudinarios de la ciudad y bloquea la Quinta Avenida entera. Si tus fechas caen en marzo, míralo: puede ser un espectáculo o puede ser un problema de movilidad, según lo que tuvieras planeado.

Práctico: se entra con hombros cubiertos, en silencio, y no se hacen fotos durante las misas. Está abierta muchas horas al día y es un refugio real en un día de frío o de lluvia en pleno Midtown.

La terraza del centro de oficinas: el mirador desde el que sí se ve el rascacielos que quieres fotografiar

De los miradores de pago de la ciudad, este es el que da LA foto: desde aquí tienes de frente el rascacielos art déco de los años treinta y, detrás, Central Park entero de norte a sur. Es la única terraza que mete las dos cosas en el mismo encuadre.

Por qué eso importa: desde lo más alto no se ve lo más alto. Si subes al edificio icónico, la foto que traes no lo tiene dentro. Este está a la altura justa y en el sitio justo.

Cómo es la visita:

  1. Se accede desde el vestíbulo del edificio, con entrada horaria, y hay ascensor rápido.
  2. Son tres niveles de terraza, el más alto completamente abierto y sin cristal delante, que es lo que agradecen los que van a hacer fotos.
  3. Se tarda una hora larga, contando cola de acceso y el rato de arriba.

Cuándo subir, que decide la visita entera:

  • La franja de última hora de la tarde es la buena: se sube con luz y se baja de noche. Es la entrada más disputada y se agota; hay que sacarla con días.
  • Con nubes bajas no se ve nada y la entrada es nominativa y con hora. Si tienes flexibilidad, mira el cielo antes de comprar.

Antes o después, y gratis: el conjunto de edificios de abajo merece un rato. La plaza hundida con las banderas, el mural dorado, los vestíbulos art déco y, en la temporada fría, la pista de hielo pequeña que se monta en la plaza, que es diminuta y está siempre llena pero es una imagen clásica de esta ciudad. Justo enfrente está la catedral de San Patricio.

Los otros miradores, en una línea cada uno, por si prefieres otro: el edificio de los años treinta es el único con sensación de edificio antiguo; el voladizo del oeste es el más espectacular y el que peor vista del skyline da; el de los espejos no es un mirador sino una instalación; y la torre del sur es la única con la bahía y la estatua en el encuadre.

Y el recordatorio de siempre: los precios y las franjas están en el bloque de entradas, con la web oficial. Aquí la reventa es especialmente agresiva.

Subir al rascacielos de los años treinta: el único mirador que se siente como un edificio y no como una atracción

Es el mirador con el que la gente sueña, y conviene saber qué se compra: no es la mejor vista de la ciudad, es la mejor experiencia de edificio.

Lo que lo hace distinto de los miradores nuevos:

  • El vestíbulo art déco de la planta baja, con su mural de aluminio y oro, es una obra maestra y se ve de camino.
  • La terraza principal es abierta, con reja, y se puede dar la vuelta al edificio entero. No hay cristal entre tú y la ciudad.
  • La sensación de estar en un edificio de 1931 que fue el más alto del mundo durante cuarenta años. Los miradores nuevos son plataformas de cristal; este es un rascacielos.

Lo que se ve: el sur de Manhattan entero a un lado, con el distrito financiero y la bahía; Central Park al otro. Lo que NO se ve es el propio edificio, que es lo que casi todo el mundo quiere en su foto. Para eso está la terraza del centro de oficinas, unas manzanas al norte.

Cómo organizarlo:

  1. Entrada con hora y sacada con antelación. Sin ella, la cola es larga.
  2. Hay dos alturas de terraza y la más alta va con suplemento; desde la principal ya se ve todo.
  3. La hora dorada es la buena y es la franja más cara y más disputada.
  4. Cuenta hora y media con accesos y colas.

Una alternativa que a mucha gente le compensa: este edificio está más bonito visto que subido. Se ilumina de noche con colores que cambian según la fecha -fiestas, causas, aniversarios- y desde muchas calles de Midtown se ve entero. Si tu presupuesto solo da para un mirador, quizá el suyo sea otro y este mejor mirarlo.

Práctico: hay control de seguridad a la entrada y no se permiten trípodes ni mochilas grandes en la terraza. Precios y franjas, en el bloque de entradas con la web oficial.

Park Slope y Prospect Heights

Prospect Park y el jardín botánico de Brooklyn: el parque que sus autores consideraban mejor que Central Park

Lo diseñaron los mismos dos autores de Central Park, unos años después, y siempre dijeron que este les había salido mejor. Tenían menos limitaciones de forma y más terreno útil, y se nota.

Qué tiene:

  • Una pradera enorme y continua en la entrada norte, que es de las mejores extensiones de césped urbano que existen.
  • Un bosque cerrado de verdad, con senderos, barranco y arroyo, en el que se pierde uno.
  • Un lago grande con barcas en temporada.
  • Un arco monumental en la plaza de la entrada principal, y una avenida ancha arbolada que llega hasta él.
  • Y sobre todo: gente de Brooklyn. Aquí no hay visitantes. Hay partidos de fútbol, barbacoas, corredores, perros y familias, y eso cambia por completo la sensación respecto a Central Park.

Pegado a la entrada hay tres cosas más, y por eso este plan es un día entero si se quiere:

  1. El jardín botánico de Brooklyn, más pequeño y más íntimo que el del Bronx, con un jardín japonés con estanque y torii que es de los rincones más bonitos de la ciudad, un paseo de cerezos que en primavera es el motivo del viaje para media ciudad, y una rosaleda.
  2. El museo de Brooklyn, grande, con una colección egipcia importante y arte americano.
  3. La biblioteca central, un edificio art déco con forma de libro abierto.

Cuándo ir:

  • A finales de primavera, por los cerezos, que tienen su festival y se llena.
  • En otoño, por el color del bosque.
  • Cualquier fin de semana de buen tiempo, por el ambiente.

Práctico:

  • Metro directo desde Manhattan, unos veinticinco minutos.
  • El jardín botánico tiene entrada de pago y franjas gratuitas que cambian por temporada; se comprueba en su web.
  • El parque es gratis y está abierto, y es enorme: mira por qué entrada te conviene salir.

Con qué combina: con el día de Brooklyn, como remate tranquilo después de Williamsburg y Bushwick.

Roosevelt Island

El teleférico de Roosevelt Island: cruzar el East River colgado, y va con el billete de metro

Entre Manhattan y Queens hay una isla estrecha de tres kilómetros, y para llegar a ella hay un teleférico que cruza el East River por encima del puente. Es transporte público: se paga con el mismo sistema que el metro y no es una atracción turística.

Por qué es de las mejores cosas baratas de la ciudad:

  • La cabina sube por encima del puente y da una vista lateral de Midtown que no se tiene desde ningún otro sitio.
  • Dura unos minutos, sale con frecuencia, y al ser transporte, ni cola ni entrada.
  • Al atardecer es espectacular y a la vuelta, de noche, más.

Y qué hacer una vez arriba, porque la isla merece el paseo:

  1. El parque del extremo sur, una explanada de granito con hileras de tilos que termina en punta sobre el río, con Manhattan de frente y las Naciones Unidas justo enfrente. Es de los espacios más bonitos y más vacíos de la ciudad.
  2. Las ruinas del antiguo hospital de viruela, iluminadas de noche, en el mismo extremo.
  3. El paseo perimetral, plano, que rodea la isla entera y se hace andando o en bici.
  4. El faro del extremo norte y las vistas hacia los puentes de arriba.

Lo que conviene saber: la isla tuvo durante un siglo un manicomio, una cárcel y un hospital de contagiosos -era donde la ciudad ponía lo que no quería ver- y hoy es un barrio residencial tranquilo con edificios de los años setenta. Ese contraste es parte de lo que se visita.

Práctico:

  • Se puede volver en metro en lugar de en teleférico: hay una estación en la isla, muy profunda.
  • Cuenta dos horas con el paseo hasta la punta sur y la vuelta.
  • En invierno, viento. En verano, poca sombra en la explanada.
  • Con niños funciona muy bien, porque el teleférico es un plan en sí mismo.

Con qué combina: con una tarde de Midtown este, o como remate de un día de museos del Upper East Side.

Sur de Brooklyn

Las atracciones de Coney Island: una montaña rusa de madera de los años veinte que sigue en servicio

En el sur de Brooklyn, al final de varias líneas de metro, hay un parque de atracciones junto al mar con dos máquinas que son monumento protegido y siguen funcionando.

La montaña rusa de madera, de mediados de los años veinte: traquetea, cruje, tiene una primera caída muy vertical y no lleva ningún sistema de sujeción moderno. Da miedo de verdad, y no por el diseño sino por la sensación de estar montado en una estructura de madera de hace un siglo. Es de las experiencias más singulares que se pueden tener en esta ciudad.

La noria, de 1920, tiene dos tipos de cabina: las fijas, que suben y bajan normalmente, y las que se deslizan sobre raíles hacia dentro y hacia fuera mientras la rueda gira. Pregunta cuál coges antes de subir, porque la diferencia es enorme.

Y alrededor: un parque de atracciones normal con norias pequeñas y coches de choque, el paseo entablado de madera, la playa, un acuario y un estadio pequeño de béisbol de liga menor pegado a la arena.

Lo que hay que saber de calendario, y es lo importante: el parque de atracciones funciona por temporada, aproximadamente de primavera a otoño, con horarios amplios en verano y reducidos en los extremos. En invierno está cerrado. Las fechas cambian cada año y se comprueban en su web; está en el bloque de entradas.

Cómo se paga: por atracción o con abono de día, y no siempre compensa el abono. Se mira en su web.

Y en invierno, ¿merece la pena venir? Sí, pero a otra cosa: el paseo de madera vacío frente a un Atlántico gris, con la noria parada al fondo, es una de las imágenes más potentes de la ciudad. Con niños en enero, no: aquí no habría nada abierto para ellos.

Práctico: cuenta cerca de una hora de metro desde Midtown, y es un día, no una tarde. No hay sombra en el paseo. Y a veinte minutos andando está Brighton Beach, el barrio ruso y ucraniano, que es la otra mitad del plan.

Con qué combina: con el día de Coney Island y Brighton Beach.

Union Square

El mercado de productores de Union Square: lo que de verdad se cultiva en esta parte del mundo

Varios días por semana, durante todo el año, la plaza de Union Square se llena de puestos de agricultores del estado de Nueva York y de los alrededores. No es un mercado gourmet para visitantes: es donde compran los cocineros de la ciudad y los vecinos.

Qué se ve, y cambia radicalmente con la estación:

  • Primavera: espárragos, ruibarbo, fresas, los primeros verdes.
  • Verano: tomates de docenas de variedades, maíz, melocotones, bayas.
  • Otoño: manzanas y sidra, y aquí está lo bueno - esta es zona de manzana desde el siglo XVIII y hay variedades que en Europa no existen. Y calabazas de todos los tamaños.
  • Invierno: raíces, coles, quesos, conservas, jarabe de arce, y plantas y abetos en diciembre.

Y lo que no es fruta: quesos de granja, pan, miel, carne, pescado del Atlántico, flores, y puestos de comida preparada para comer ahí mismo.

Cómo se aprovecha:

  1. Ve por la mañana. A media tarde han empezado a levantar.
  2. Pregunta. Aquí quien está detrás del puesto es quien lo ha cultivado, y le gusta contarlo. Es la mejor conversación del viaje para entender la comida de este país.
  3. Prueba antes de comprar: te van a dar a probar sin que lo pidas.
  4. Lleva bolsa. Las de plástico de un solo uso están prohibidas en el comercio de esta ciudad.
  5. Efectivo en billetes pequeños, aunque casi todos aceptan ya pago por móvil.

Qué te puedes llevar a España y qué no: cuidado aquí. La entrada de productos de origen animal y de fruta fresca en la Unión Europea está restringida, y eso incluye quesos y embutidos. Lo que dice la norma y su fuente están en la ficha de país. Miel, jarabe de arce, conservas y productos envasados suelen ser otra cosa; compruébalo antes de facturar.

Alrededor: la plaza tiene además librerías, tiendas grandes y un ambiente de barrio muy vivo, y desde aquí se baja andando al Village en diez minutos.

Con qué combina: con el día de mercados y compras, y con el del Village.

Upper East Side

El museo de arte grande de la Quinta Avenida: imposible de ver entero, y por eso hay que elegir

Es uno de los tres o cuatro museos enciclopédicos del mundo y no se ve en un día, ni en dos. Quien entra con la idea de verlo entero sale reventado y sin recordar nada. Quien entra con tres objetivos sale encantado.

Lo imprescindible, para elegir:

  • El ala egipcia, con un templo entero traído de Egipto y montado dentro, en una sala con pared de cristal al parque. Es la sala más espectacular del museo.
  • La pintura europea de las plantas altas: holandeses, italianos, españoles. Hay Velázquez, Goya y El Greco.
  • Los impresionistas y postimpresionistas, que es de las mejores colecciones fuera de Francia.
  • La armería, que con niños y adolescentes funciona mejor que ninguna otra sala.
  • El ala americana y sus interiores de casas reconstruidos.
  • La azotea, con una instalación distinta cada año y vistas al parque. Abre solo en la temporada templada y cierra por lluvia o viento: pregunta al entrar si es tu motivo.

Cómo se visita sin morir:

  1. Elige tres alas antes de entrar y ve a por ellas.
  2. Empieza por arriba, que a primera hora está más vacío.
  3. Coge plano en papel. El edificio es un laberinto y la señalización no basta.
  4. Para a media visita.
  5. Sal a las tres horas. Es el límite real.

Lo de la entrada, que es donde todo el mundo se lía: este museo tiene precio distinto para residentes del estado y para el resto, y ahí es donde nacen los malentendidos que circulan por internet. Cómo está hoy y qué te aplica a ti como visitante extranjero está en el bloque de entradas, con la web del museo.

Práctico: mochilas grandes al guardarropa, y la cola de recogida a última hora es larga. El museo está pegado a Central Park: salir por la escalinata y meterse en el parque es el remate natural.

El museo en espiral: se baja por una rampa continua y el edificio vale la entrada por sí solo

Es un museo de arte moderno y contemporáneo, y la mitad de la visita es el edificio: una espiral blanca de hormigón que se ensancha hacia arriba, con una rampa continua alrededor de un vacío central iluminado por una claraboya.

Cómo se visita, y hay una manera correcta:

  1. Sube en ascensor hasta lo más alto y baja andando por la rampa. Es como lo diseñó su arquitecto y como funciona el recorrido.
  2. Asómate al vacío central desde arriba. Es la foto del edificio.
  3. Las exposiciones temporales ocupan la rampa y la colección permanente vive en salas laterales. Mira qué hay antes de ir: aquí lo que decide la visita es la exposición del momento, más que en ningún otro museo de la ciudad.

Lo que hay que saber, dicho con honestidad:

  • La rampa está inclinada y las paredes también. Ver cuadros en una superficie curva e inclinada tiene sus detractores desde el día que abrió, y el propio arquitecto discutió con los artistas por eso. Es parte del encanto y también es una limitación real.
  • Es más pequeño de lo que la gente espera. Hora y media es una visita completa, y eso está bien: es el museo que se hace después de otro sin morir.
  • Está en la acera del parque, así que combina de manera natural con Central Park y con el museo grande, que está unas manzanas al sur.

Lo de la entrada: tiene entrada con hora y una franja semanal a voluntad que se agota pronto; cuál es y cómo se consigue está en el bloque de entradas, con la web del museo.

Y si el edificio es lo tuyo: en esta ciudad hay más obra del mismo arquitecto a poca distancia en el estado, pero dentro de la ciudad este es el único. Verlo desde la acera de enfrente, con la Quinta Avenida y el parque al lado, ya dice bastante de por qué en 1959 pareció una provocación.

Upper West Side

El museo de historia natural: el mejor sitio de Nueva York para ir con niños, sin discusión

Si viajas con niños, esta es la visita del viaje. Y si no viajas con niños, sigue siendo uno de los museos más disfrutables de la ciudad, porque es de los pocos grandes que conserva su carácter antiguo.

Lo que hay que ver:

  • Las salas de dinosaurios, en la planta alta. Esqueletos montados de verdad, enormes, y explicados por parentesco evolutivo en vez de por orden cronológico.
  • La ballena azul a tamaño real colgada del techo de la sala del océano. Es la imagen que se lleva todo el mundo.
  • Los dioramas antiguos, escenas de animales con fondos pintados a mano en los años treinta. Son obras de arte por sí mismas y hoy nadie haría nada parecido.
  • Los meteoritos y las gemas, con piedras del tamaño de una nevera.
  • El planetario, que es una esfera enorme dentro de un cubo de cristal y tiene sesiones de proyección con entrada aparte.
  • Y el ala nueva de ciencia, con una estructura interior de hormigón curvo que parece una cueva.

Cómo organizarlo con niños:

  1. Dinosaurios primero, antes de que se cansen.
  2. Ballena después, que es donde se sientan en el suelo y descansan.
  3. Una cosa más y fuera. Tres bloques es el límite.
  4. Central Park está justo enfrente: sal y suéltalos.

Lo de la entrada: aquí también hay modalidad distinta según seas residente del estado o no, y las sesiones de planetario y las exposiciones temporales van con suplemento y con hora. Está en el bloque de entradas, con la web del museo, porque es exactamente el dato que las webs de reventa presentan mal.

Práctico: hay dos entradas principales y una da directamente al metro, lo que en un día de lluvia o de frío se agradece. Es de los museos que mejor funcionan un día malo - y por eso, un sábado lluvioso, está a rebosar.

Village y Harlem

Una noche en un club de jazz: sótano pequeño, dos pases y silencio mientras tocan

Nueva York tiene jazz en directo todas las noches del año y los clubes históricos del Village siguen programando a gente muy buena en sótanos de cincuenta o cien personas, con el escenario a un metro del público.

Dónde, sin nombres:

  • El Village concentra los clubes clásicos, varios de ellos abiertos desde los años treinta o cincuenta. Es donde tocaron los nombres que tienes en casa.
  • Harlem es la otra mitad de la historia, con salas y sesiones con público del barrio. Antes de decidir ir de noche, lee el bloque de seguridad de este destino: el Ministerio de Asuntos Exteriores nombra Harlem entre las zonas que desaconseja, y ahí está citado literalmente.
  • Brooklyn tiene los sitios nuevos, más baratos y más arriesgados.
  • Y hay sesiones informales de madrugada en las que suben músicos a tocar entre ellos, que es donde pasan las mejores cosas.

Cómo funciona una noche, que sorprende al que viene de España:

  1. Hay dos pases por noche, uno temprano y otro tarde. Con horario europeo, el temprano.
  2. Se paga entrada Y hay consumición mínima. Son dos cosas distintas y las dos son obligatorias.
  3. Se reserva. En los clubes buenos, la mesa no se consigue en la puerta.
  4. Se escucha en silencio. Esto es lo importante: no es un bar con música de fondo. Hablar durante un tema, y mucho menos durante un solo, es una falta de educación seria y te lo van a decir.
  5. Y se deja propina, además de la entrada y del mínimo. Los porcentajes están en el bloque de dinero de este destino.

Lo práctico:

  • Te van a pedir documento con foto al entrar si se sirve alcohol, tengas la edad que tengas.
  • Los sótanos son estrechos y las mesas pequeñas. Llega pronto si quieres estar delante.
  • Mira quién toca, no dónde. Aquí lo que decide la noche es el músico.

Si el jazz no es lo tuyo: en la misma ciudad hay ópera, sinfónica, salas medianas de rock y música nueva en Brooklyn, y música gratis en el metro, donde puede tocar cualquier músico que cumpla las normas de conducta de la red; la MTA tiene además su programa oficial, MTA Music. En verano hay conciertos al aire libre en los parques.

Con qué combina: con el día del Village, cenando antes por la zona; o con el día de Harlem.

Village y Midtown

Una noche de comedia en directo: sótanos pequeños, entrada barata y a veces sale alguien famoso sin avisar

Nueva York es, con Los Ángeles, la capital mundial del monólogo, y aquí eso significa algo muy concreto: hay clubes pequeños que programan varias sesiones cada noche, con seis o siete cómicos por sesión de quince minutos cada uno, y la entrada cuesta bastante menos que cualquier otra cosa que se haga de noche en esta ciudad.

Cómo funciona una sesión:

  1. Se sientan todos apretados en un sótano pequeño. Cuanto más pequeño, mejor funciona.
  2. Hay entrada Y consumición mínima, igual que en los clubes de jazz. Son dos cosas distintas.
  3. Sale un presentador y luego seis o siete cómicos seguidos. Si uno no te hace gracia, en quince minutos hay otro.
  4. Y de vez en cuando aparece sin anunciar alguien conocido a probar material nuevo. Pasa de verdad y es parte de por qué la gente va.

Lo que hay que saber antes de decidir, dicho con franqueza:

  • Esto exige inglés. No un inglés de aeropuerto: inglés rápido, con referencias locales, política, juegos de palabras y acentos. Si tu nivel es medio, vas a entender la mitad, y la mitad de un monólogo no tiene gracia. Es la actividad de este catálogo que más depende del idioma.
  • Si te sientas en primera fila, te van a hablar. Es la costumbre. Si no te apetece interactuar, siéntate atrás.
  • El humor de aquí es más directo y más incómodo que el español en algunos temas. Va con el género.

Dónde, sin nombres: hay clubes clásicos en el Village y en el Upper West Side, otros en Midtown, y salas de improvisación -donde el espectáculo se construye con sugerencias del público- en el centro y en Brooklyn. La improvisación se entiende bastante mejor con inglés intermedio que el monólogo, porque es visual y situacional: si el idioma te preocupa, empieza por ahí.

Práctico: se reserva por internet, se llega quince minutos antes y te van a pedir documento con foto si se sirve alcohol. Las sesiones tempranas son más baratas y menos llenas; las de medianoche, las mejores.

Con qué combina: con una noche en el Village, cenando antes.

Washington Heights

Los Cloisters: claustros románicos europeos montados en una colina sobre el Hudson

En el extremo norte de Manhattan, dentro de un parque en alto sobre el río, hay un museo de arte medieval europeo construido con claustros y portadas auténticas traídas piedra a piedra desde Francia y España en los años treinta.

Sí, has leído bien: son claustros de verdad. Se compraron, se desmontaron, se numeraron las piedras, se cruzaron en barco y se volvieron a montar aquí, encajados en un edificio nuevo hecho para parecer un monasterio. Varios proceden de la península ibérica, y para un visitante español eso convierte la visita en algo bastante más raro que un museo.

Qué hay dentro:

  • Cuatro claustros, cada uno de un monasterio distinto, con sus capiteles originales.
  • Los tapices del unicornio, que son de las piezas más famosas del arte medieval que existen.
  • Una capilla románica, sepulcros, retablos, vidrieras y marfiles.
  • Jardines medievales plantados con las especies que aparecen documentadas en los herbarios de la época: medicinales, tintóreas, de cocina.
  • Y las terrazas sobre el Hudson, desde las que no se ve un solo rascacielos: solo río, bosque y el acantilado del otro lado, que está protegido y por eso sigue verde.

Cómo llegar y cuánto cuesta el desplazamiento en tiempo: está lejos -es el extremo norte de la isla- y se va en metro, unos tres cuartos de hora desde Midtown, más una subida a pie por el parque. Cuenta el viaje: es medio día.

Lo de la entrada: depende del mismo museo grande de la Quinta Avenida y comparte su política de precios, incluida la diferencia entre residentes y visitantes. Está en el bloque de entradas, con su web.

Cuándo: en primavera y otoño los jardines están en su mejor momento. En invierno, con nieve, el sitio es sobrecogedor y no hay nadie.

Con qué combina: con el día del norte de Manhattan, y con el bosque de al lado, que es el único bosque original que queda en la isla.

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