Los 10 destinos abiertos

Roma · 28 apartados

Qué hacer en Roma

Qué es cada sitio y por qué merece la pena, por barrios. Sin listas de «imprescindibles»: lo que hay, cuánto lleva y qué conviene saber antes de ir.

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Aventino

La cerradura del Aventino: mirar por un ojo y ver San Pedro encuadrado

Dura literalmente un minuto y es de las cosas que más gente cuenta al volver.

En una plaza tranquila de la colina del Aventino hay una puerta verde, la de la sede de la Orden de Malta. Se mira por el ojo de la cerradura y al fondo, perfectamente centrada al final de un seto recortado que hace de túnel, aparece la cúpula de San Pedro. El encuadre es tan exacto que parece diseñado, y probablemente lo esté.

Hay una peculiaridad que le da gracia: mirando por ahí se ven tres estados a la vez -la Orden, Italia y el Vaticano-, algo que no pasa en ningún otro sitio.

Práctico: suele haber una cola pequeña y ordenada, de cinco o diez personas. Fotografiarlo bien es difícil con el móvil: hay que pegar el objetivo al ojo de la cerradura y enfocar al fondo, no a la puerta. A primera hora de la mañana no hay nadie.

Y no te vayas sin las dos cosas de al lado, que son mejores que la cerradura y están a dos minutos: el Jardín de los Naranjos, un mirador con naranjos y toda Roma delante, y la basílica de Santa Sabina, del siglo V, con columnas antiguas, luz filtrada y una puerta de madera de cedro con una de las crucifixiones más antiguas que se conservan. Las dos son gratis.

Barrio judío

El barrio judío: el pórtico romano, las alcachofas y la memoria en el suelo

Es de lo mejor que tiene Roma y muchísima gente pasa por al lado sin entrar. Está entre el río y el centro, y se recorre andando en una hora, o en tres si te sientas a comer.

Qué hay. Una calle principal con mesas fuera, casas ocres, ropa tendida y el pórtico de Octavia, unas columnas romanas del siglo I bajo las que estuvo el mercado de pescado durante siglos -todavía se lee la inscripción que fijaba qué parte del pez capturado correspondía a los conservadores de la ciudad-. Al lado, el teatro de Marcelo, un anfiteatro romano anterior al Coliseo con pisos habitados construidos encima, que es una imagen que resume la ciudad entera.

La sinagoga, de principios del siglo XX y con cúpula cuadrada, se visita con el museo judío y merece la pena.

Y en el suelo, las pietre d'inciampo: adoquines de latón dorado con el nombre, la fecha de nacimiento y el destino de cada vecino deportado, colocados delante de la puerta de la casa donde vivía. Están por todo el barrio. Es el monumento más discreto y más duro de Roma, y hay que mirar al suelo para verlo.

Comer. Aquí está la cocina judeorromana, con la alcachofa a la judía -abierta como una flor y frita entera, crujiente- que es de temporada de invierno y primavera, la tarta de ricotta y visciole, y los fritos. Es de lo más rico que se come en Roma.

Práctico: el sábado buena parte del barrio cierra por el sabbat. Y la fuente de las tortugas, a dos calles, es la más bonita de la ciudad y suele estar sola.

Capitolio

Los Museos Capitolinos: el museo público más antiguo del mundo, y la mejor terraza

En la colina del Capitolio, sobre una plaza diseñada por Miguel Ángel, con el suelo trazado en una estrella ovalada y las escaleras subiendo en rampa suave. Es el museo más antiguo del mundo abierto al público y sigue siendo de la ciudad, no del Estado.

Lo que hay que ver, que es concreto:

  • La loba de bronce amamantando a los gemelos, que es el símbolo de Roma.
  • Los trozos gigantes de una estatua colosal de Constantino: una cabeza de dos metros y medio, una mano con el dedo levantado y un pie, tirados en un patio. Es la foto que todo el mundo hace y en persona descoloca.
  • El muchacho sacándose una espina del pie, en bronce, y el galo moribundo, que es una de las esculturas más conmovedoras que se conservan de la antigüedad.
  • La estatua ecuestre original de Marco Aurelio -la de la plaza es una copia-, que sobrevivió al fundido porque durante siglos se creyó que era otro emperador.

Y dos cosas que casi nadie encuentra:

  1. Un pasadizo subterráneo conecta los dos palacios del museo por debajo de la plaza, pasando por dentro de un edificio romano de archivos, y desemboca en una galería con vistas al Foro entero desde arriba. Es la mejor vista del Foro que existe y está incluida en la entrada.
  2. La terraza de la cafetería, en lo alto, con Roma delante. Se puede entrar solo a la terraza sin pagar el museo, por una puerta lateral: pregunta abajo. Al atardecer es de los mejores sitios de la ciudad.

Práctico: es accesible en su mayor parte, cosa rara aquí. Dos horas bastan. Está a cinco minutos del Foro y del monumento blanco, así que encaja en el día del Coliseo sin desviarse.

Caracalla y Aventino

Las Termas de Caracalla: la escala que el Foro ya no deja ver

Un balneario público para más de mil personas a la vez, del siglo III, y lo que queda en pie son muros de ladrillo de treinta metros de altura. Es el sitio de Roma donde mejor se entiende de qué tamaño construían, porque el edificio sigue teniendo su forma.

Cómo funcionaba, que es lo que hace la visita: se entraba por un vestuario, se pasaba a un gimnasio a hacer ejercicio, y luego a la sala caliente, la templada y la fría, en ese orden. Había dos bibliotecas, jardines, tiendas y salas de masaje, y todo era gratis para cualquier ciudadano. Debajo del suelo hay kilómetros de galerías de servicio por donde los esclavos alimentaban los hornos sin ser vistos.

Qué se ve hoy: las bóvedas caídas, los arranques de las cúpulas, trozos enormes de mosaico de suelo todavía en su sitio, y la piscina descubierta marcada en el terreno. Las estatuas y los mármoles que lo cubrían están repartidos por museos de media Europa; aquí queda el hueso del edificio, que impresiona más.

Práctico: está casi vacío comparado con el Coliseo, que está a diez minutos. El recinto es grande, llano y con césped, con poca sombra: en verano, temprano. Se ve en una hora larga.

En verano es un teatro. Se monta ahí la temporada de ópera y ballet al aire libre, con el escenario delante de las ruinas iluminadas. Si tus fechas caen en la temporada y te gusta, es de las mejores noches que ofrece la ciudad - hay que mirar el programa y comprar aparte.

Encadena con: el Aventino y el Circo Máximo, que están al lado, o con las catacumbas, que van en la misma dirección.

Centro histórico

El Panteón: dos mil años en pie y un agujero abierto al cielo

Si solo entras en un edificio en Roma, que sea este. Es el mejor conservado de la antigüedad y sigue funcionando como se diseñó.

Lo que impresiona no es la fachada, es entrar. La cúpula es de hormigón, no lleva refuerzo, tiene el mismo diámetro que altura tiene el edificio -de modo que dentro cabría una esfera perfecta- y sigue siendo la mayor cúpula de hormigón sin armar del mundo, dos mil años después. En el centro hay un óculo abierto, sin cristal: entra la luz en un haz que se mueve por las paredes durante el día, y cuando llueve, entra el agua. El suelo tiene desagües desde el principio.

Dentro están las tumbas de dos reyes de Italia y la de Rafael.

Práctico: la entrada es de pago desde hace poco y conviene reservar hora; los domingos y algunos días hay régimen distinto. Es un templo en uso, así que se pide silencio y hombros cubiertos. Se llena a media mañana: a primera hora está casi vacío.

Y un truco: si te toca un día de lluvia, ve corriendo. Ver caer el agua por el óculo formando una columna hasta el suelo es de las mejores cosas que se pueden ver en esta ciudad.

Los Caravaggios gratis: el mejor plan de Roma que casi nadie hace

Hay una docena de cuadros de Caravaggio repartidos por iglesias del centro, colgados donde él los pintó, y se ven gratis. No hay entrada, no hay cola y no hay reserva. Es, sin discusión, el mejor plan gratuito de la ciudad.

El recorrido, que se hace andando en una mañana y no llega a dos kilómetros:

  • La iglesia de los franceses, junto a Piazza Navona: tres lienzos enormes sobre san Mateo en una capilla lateral. El de la vocación es el famoso: una habitación oscura, un rayo de luz entrando en diagonal y unos hombres contando dinero que no saben lo que les va a pasar.
  • La iglesia de los agustinos, a dos calles: una virgen descalza con los pies sucios de dos peregrinos en primer plano, que en su momento fue un escándalo.
  • La iglesia de la plaza del Popolo: dos cuadros enfrentados en una capilla, la conversión de san Pablo -con el caballo ocupando medio lienzo- y la crucifixión de san Pedro. Y en esa misma iglesia hay una capilla diseñada por Rafael.

Cómo funciona, que es lo único que hay que saber. Las capillas están a oscuras y tienen una caja de monedas con un temporizador: se echa una moneda y se enciende la luz durante unos minutos. Lleva monedas de uno y dos euros o te quedarás mirando un rectángulo negro. Es la mejor moneda que vas a gastar en Roma.

Reglas: son iglesias en uso. Nada de flash, silencio, hombros y rodillas cubiertos, y si hay misa no se entra en la capilla - se espera fuera o se vuelve.

Y el horario, que es la trampa: casi todas cierran a mediodía, más o menos de 12:30 a 15:30, y el domingo por la mañana están de misa. Ve de 9:30 a 12:00 o a partir de las 16:00.

Combina de maravilla con Piazza Navona, el Panteón y la plaza de España, que están en el mismo paseo.

Piazza Navona y Campo de' Fiori: la plaza barroca y la plaza que trabaja

Están a cinco minutos una de otra y son opuestas, que es justo lo que las hace un buen paseo junto.

Piazza Navona tiene forma de estadio porque lo era. Debajo está el circo donde se corría hace dos mil años, y las casas siguen la curva de las gradas. Por eso es alargada y con los extremos redondeados.

En el centro está la fuente de los cuatro ríos de Bernini: cuatro gigantes de mármol que representan el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Río de la Plata, sobre una roca perforada y con un obelisco egipcio encima. El del Nilo se tapa la cara -oficialmente porque no se conocía su nacimiento-, y hay una vieja historia romana que dice que es para no ver la iglesia de enfrente, obra de su rival. Es falsa y se sigue contando, que es lo mejor que le puede pasar a una historia.

Campo de' Fiori es lo contrario: una plaza de trabajo. Por la mañana hay mercado de fruta, verdura, flores y especias, con puestos de toda la vida y algunos ya montados para el visitante. En el centro, la estatua encapuchada de un filósofo quemado ahí mismo en 1600, que mira fijamente al Vaticano. Al mediodía se desmonta el mercado y por la noche la plaza se convierte en el sitio de copas más ruidoso del centro.

Práctico: el mercado es de mañana y cierra los domingos. Las terrazas de las dos plazas son de las más caras de Roma y no valen lo que cobran - mira, siéntate en un banco y come una calle más allá.

Y a dos pasos, sin desviarte: la iglesia con los Caravaggios de la calle de los franceses, el Panteón y la plaza de la Rotonda. Todo esto es un solo paseo de media mañana.

Coliseo

El Coliseo por dentro: la arena, las gradas y el sótano

El anfiteatro más grande que se construyó nunca, y sigue en pie. Cabían unas cincuenta mil personas y se vaciaba en minutos por un sistema de accesos numerados que todavía se ve en las piedras.

Lo que hay que saber antes de comprar: la entrada es nominativa y con franja horaria, hace falta el documento de identidad y se agota con semanas en temporada alta. Incluye el Foro y el Palatino, normalmente para usarlos en las 24 horas siguientes.

Hay tres niveles de entrada y la diferencia se nota: la normal deja recorrer las gradas; la que incluye la arena deja pisar el suelo desde donde salían los gladiadores; y la de los subterráneos baja a los corredores donde estaban las jaulas y los montacargas. Si vas a pagar una vez, la de la arena es la que más cambia la visita.

Práctico: hay control de seguridad con cola aparte de la entrada - cuenta veinte minutos extra. No hay apenas sombra en las gradas altas y en julio a mediodía es duro. Y el suelo es irregular en todo el recorrido.

Fuera: los «gladiadores» que se ofrecen a la foto cobran, cobran caro y cobran después. Si no la quieres, no te acerques.

Coliseo y Colle Oppio

La Domus Aurea: el palacio enterrado de Nerón, con casco

Nerón se construyó un palacio descomunal en el centro de Roma después del incendio del año 64. Cuando cayó en desgracia, sus sucesores lo rellenaron de tierra y construyeron encima -el Coliseo está en el lago de su jardín- y así quedó sepultado y, precisamente por eso, conservado.

Lo que se visita es un subterráneo, aunque en su día fueran salas a plena luz. Se recorren pasillos y bóvedas con restos de pintura y estuco originales, y se ve el famoso octógono con el hueco cenital por el que entraba la luz.

Lo que hace única la visita, y hay que decirlo para que nadie se lleve un chasco: buena parte del recorrido es obra en curso. Se entra con casco, hay andamios, apuntalamientos y sensores, y el guía explica tanto la arqueología como la restauración. No es un museo terminado y no lo pretende. A quien va esperando salas montadas le decepciona; a quien va sabiendo esto le encanta.

El momento que justifica la entrada es una reconstrucción en realidad virtual que se hace dentro, en una de las salas: se ponen unas gafas y se ve el palacio y el paisaje tal como eran desde ese mismo punto. Es de lo mejor que se hace con esta tecnología en un yacimiento.

Cuando en el Renacimiento la redescubrieron, los pintores bajaban con cuerdas por un agujero para copiar la decoración de las paredes. Como aquello parecía una gruta, llamaron grutescos a ese tipo de ornamento, y el nombre se quedó.

Práctico y no negociable: solo se entra con visita guiada, con reserva previa y en grupos pequeños, y el régimen de apertura cambia - a menudo solo algunos días de la semana. Comprueba en su web oficial qué días abre antes de contar con ello.

Abajo se está fresco y húmedo: en agosto es un regalo, en enero lleva chaqueta. Con claustrofobia o movilidad reducida, no. Dura alrededor de una hora y cuarto.

Coliseo y Monti

San Clemente: bajar quince metros y mil años en media hora

La mejor explicación de qué es Roma, y cuesta poco y dura poco. Está a cinco minutos andando del Coliseo y la mayoría pasa de largo.

Se entra en una basílica del siglo XII, con un mosaico dorado en el ábside donde una vid se extiende cubriendo toda la bóveda. Ya solo eso valdría la visita, y es la parte gratis.

Se paga para bajar, y ahí empieza lo bueno. Una escalera lleva a otra iglesia, del siglo IV, construida justo debajo, con frescos medievales en las paredes. Y otra escalera baja todavía más, hasta un callejón romano del siglo I con casas a los lados y un templo de Mitra con su altar en el centro, donde se reunían en secreto los seguidores de un culto que competía con el cristianismo.

Y en el nivel más bajo se oye correr agua: un río subterráneo que sigue pasando por debajo, canalizado hace dos mil años.

Práctico: son escaleras estrechas y hay humedad; no es accesible y con claustrofobia se puede hacer regular. Media hora larga basta. Está gestionada por una comunidad religiosa y cierra a mediodía, así que mira el horario antes de plantarte.

Si solo puedes bajar a un subterráneo en Roma, que sea este.

Foro y Palatino

El Foro Romano y el Palatino: la plaza pública y la colina de los emperadores

Entra con la misma entrada del Coliseo y es donde más gente se rinde por cansancio, casi siempre por hacerlo en el orden equivocado y a la hora equivocada.

El orden que funciona: primero el Palatino. Es la colina donde vivieron los emperadores durante siglos, con ruinas enormes entre pinos, un estadio privado y miradores sobre el Circo Máximo por un lado y sobre el Foro por el otro. Está más alto, más vacío y tiene sombra. Casi todo el mundo lo deja para el final y acaba no subiendo.

Después se baja al Foro, que no es un edificio sino una calle de mil años de historia: templos, arcos de triunfo, la basílica donde se juzgaba, la casa de las vestales. Sin un poco de contexto son piedras sueltas; con contexto, es el centro del mundo antiguo.

Práctico y esto es lo importante: no hay sombra en el Foro y el suelo es piedra irregular todo el rato. En verano, a las 8:30 de la mañana o a última hora; a mediodía es sufrimiento. Lleva agua: hay fuentes dentro.

Con niños funciona regular - es mucho mirar sin tocar. El Palatino aguanta mejor porque hay hierba y sitio para andar.

Janículo y Trastevere

El Janículo: la mejor panorámica de Roma, gratis y sin cola

La colina que hay encima de Trastevere, con un paseo arbolado en el borde desde el que se ve Roma entera: las cúpulas, los tejados ocres, los pinos y, al fondo, las colinas. Sin cristal, sin entrada y sin cola.

Cómo se sube: andando desde Trastevere por una cuesta con escaleras -quince o veinte minutos de subida real-, o en autobús desde el entorno del Vaticano, que deja arriba.

Qué hay arriba, además de la vista:

  • El cañón que se dispara todos los días a mediodía, en punto, desde hace más de siglo y medio. Es una tradición para poner en hora los campanarios de la ciudad. Suena fuerte: si vas con niños pequeños o con perro, avisa.
  • La fuente del Acqua Paola, un enorme telón de mármol blanco con agua cayendo y una balconada delante. Es la que sale en la primera escena de una película italiana muy conocida.
  • Un teatro de marionetas al aire libre que sigue funcionando, con función por la tarde.
  • Bustos de mármol de los combatientes garibaldinos por todo el paseo.

Y bajando por el otro lado, el jardín botánico: doce hectáreas en cuesta, con bosque de bambú, palmeras, un jardín japonés y un invernadero. Está casi vacío y es de los sitios más tranquilos de la ciudad.

El mejor momento es el atardecer, con la ciudad naranja y luego encendida. Hay gente sentada en el murete, algún puesto de bebida y ambiente tranquilo. Bajar a cenar a Trastevere después es el cierre natural.

Letrán y Esquilino

Las otras basílicas mayores: mosaicos del siglo V y la catedral de Roma

Todo el mundo va a San Pedro y casi nadie a las otras tres, que son gratis, están vacías y en algún caso son más antiguas.

San Juan de Letrán es la catedral de Roma, no San Pedro. Es la iglesia del obispo de la ciudad y la más antigua de Occidente. Dentro, doce apóstoles colosales en hornacinas a lo largo de la nave, un techo dorado y un suelo de mármoles de colores en dibujos geométricos. El claustro es lo mejor: columnas retorcidas con incrustaciones de mosaico dorado, en un patio silencioso, y se paga muy poco por entrar.

Enfrente, la Escalera Santa, que se sube de rodillas si uno quiere, y el baptisterio octogonal que fijó la forma de todos los baptisterios que vinieron después.

Santa María la Mayor conserva mosaicos del siglo V en la banda alta de la nave -escenas del Antiguo Testamento, minúsculas y a contraluz- y un artesonado dorado. Es la que mejor conserva su aspecto antiguo.

San Pablo Extramuros, algo apartada, es enorme y luminosa, con una fila de retratos en medallón de todos los papas recorriendo la nave entera, y un claustro precioso.

Práctico: las cuatro son gratis y aplican el mismo código de vestimenta que el Vaticano: hombros y rodillas cubiertos. Cierran a mediodía algunas horas, como casi todas las iglesias de Roma. Las tres primeras están conectadas por metro; San Pablo tiene parada propia.

Honestamente: no hace falta ver las cuatro. Con San Juan de Letrán y su claustro ya tienes la mejor de las tres y una hora bien gastada, y encaja de camino entre el Coliseo y la estación.

Ostia Antica

Ostia Antica: la ciudad romana entera, sin las colas de Pompeya

El puerto de Roma durante siglos, abandonado cuando el río cambió y la malaria vació la zona, y por eso conservado casi completo. Es una ciudad romana de verdad, con sus calles, y es la mejor excursión de medio día que tiene Roma.

Por qué merece más la pena que suena: se recorre la calle principal empedrada entre almacenes, se entra en bloques de pisos de varias alturas con sus escaleras, en termas con mosaicos de dioses marinos en el suelo, en tabernas con el mostrador de mármol y las tinajas empotradas, y en un teatro que sigue en pie y al que se sube. Detrás del teatro hay una plaza porticada donde cada empresa naviera tenía su despacho, y el suelo de cada uno lleva un mosaico con lo que transportaba y de qué puerto venía. Se lee como un directorio comercial de hace dos mil años.

Y los aseos públicos colectivos, con los asientos de mármol en fila, que es lo que más gracia les hace a los niños.

La comparación honesta con Pompeya: Ostia tiene menos frescos y ningún drama, pero está a media hora de Roma, cuesta una fracción y no hay colas ni grupos. Para entender cómo era vivir en una ciudad romana, es igual de buena.

Cómo se llega: en el tren de cercanías que sale del centro, con la misma red urbana; el billete y la explicación están en el bloque de transporte. Es un trayecto corto y la estación queda al lado de la entrada, cruzando una pasarela.

Práctico: el recinto es grande, llano y con sombra de pinos - se anda mucho pero se anda bien. Lleva agua, hay poca cosa dentro. Con niños funciona muy bien porque se puede entrar, subir y tocar, al revés que en el Foro. Cierra un día a la semana: compruébalo antes.

Cuánto dura: tres horas dentro, medio día contando el viaje. Se vuelve a comer a Roma.

Ostiense

Centrale Montemartini: estatuas de dioses en una central eléctrica

La primera central eléctrica de Roma, de principios del siglo XX, con las turbinas, las calderas y los motores diésel enormes todavía en su sitio. Y entre ellos, en el mismo espacio, cientos de esculturas romanas de mármol sobre pedestales.

Empezó siendo provisional: había que vaciar los Museos Capitolinos para unas obras y se guardaron las piezas aquí. El contraste gustó tanto que se quedó para siempre.

Y funciona increíblemente bien. Diosas de mármol blanco delante de una máquina de hierro negro de cinco metros; una fila de bustos de emperadores contra el cuadro de mandos; frontones de templo bajo una viga de acero remachada. Es el museo más fotogénico de Roma y prácticamente no hay nadie.

Qué hay, además del efecto: buena escultura de verdad -piezas de los jardines imperiales, retratos, relieves- y un mosaico de escena de caza de gran tamaño. Las cartelas explican bien y sin agobiar.

Por qué es un plan tan bueno: está vacío, se ve en hora y media, es barato, es accesible (naves llanas y amplias, ascensor) y con niños funciona porque las máquinas les interesan tanto como las estatuas.

Dónde está: en Ostiense, al sur, con parada de metro cerca. Es la excusa perfecta para conocer ese barrio, que tiene el mercado de Testaccio, el monte de ánforas, la pirámide y el cementerio acatólico a poca distancia. Con eso sale una tarde entera bien distinta del centro.

Cierra un día a la semana; compruébalo antes de ir.

El mejor momento: un día de lluvia o una tarde de calor. Y si te sobra medio día en un viaje largo, este es el sitio.

Plaza de España y tridente

La plaza de España y el tridente: la escalinata, y que no te puedes sentar

Lo primero, porque es lo que arruina la visita a mucha gente: en la escalinata no se puede sentar nadie. Lo prohíbe desde 2019 el reglamento de policía urbana de Roma, que veta sentarse en los monumentos y en las escalinatas del patrimonio monumental; hay vigilancia y se multa. La foto de la gente sentada en los escalones es de otra época. Se sube, se baja y se mira.

Dicho eso, la escalinata es magnífica: ciento treinta y pico escalones que suben en curvas abiertas desde la plaza hasta una iglesia de dos campanarios, con un obelisco delante. En abril y mayo la cubren de azaleas en macetas y es cuando mejor está.

Abajo hay una fuente con forma de barca medio hundida, del padre de Bernini, hecha así a propósito porque en ese punto el agua llegaba con poca presión. A un lado, la casa donde murió el poeta Keats, hoy museo pequeño.

El tridente son las tres calles que salen en abanico desde la plaza del Popolo: una es la de las grandes marcas de moda, otra la de las tiendas de siempre y galerías, y la del medio baja recta hasta el monumento blanco del centro. Es el paseo de compras de Roma y se hace entero en una hora larga sin entrar en ningún sitio.

Arriba de la escalinata, girando a la derecha, se llega andando al mirador del Pincio y a Villa Borghese. Es la forma natural de encadenar esto con el atardecer.

Práctico: hay metro justo debajo de la plaza. En la plaza del Popolo, a la que llega el tridente, hay dos iglesias gemelas y una tercera con dos Caravaggios que se ven gratis. Y la fuente de la barca sirve para llenar la botella.

Cuándo: primera hora o después de cenar. A media tarde es un embudo.

Testaccio

El mercado de Testaccio: donde compra y come el barrio

El mercado cubierto del barrio donde nació la cocina romana. Es moderno, está limpio y es de los mejores sitios de la ciudad para comer bien y barato, sin ser una trampa para visitantes.

Por la mañana es mercado de verdad: puestos de fruta y verdura de temporada -alcachofas en invierno y primavera, achicoria amarga, tomates-, carnicerías con guanciale (papada curada, la de la carbonara, que no es panceta ni bacon), quesos de oveja del Lacio, pescado, encurtidos y legumbre a granel.

A mediodía cambia: varios puestos sirven comida caliente y se almuerza de pie o en mesas comunes. Hay bocadillos de cocido, pasta del día, pizza al corte, fritos romanos y quesos. Se come muy bien por poco dinero y la mitad de la gente que hay es del barrio.

Cómo funciona, para no quedarse parado en la puerta: se pide en cada puesto por separado, se paga en cada uno y se come de pie o donde haya sitio. No hay servicio de mesa y no se deja propina.

Práctico: abre por la mañana y hasta primera hora de la tarde, de lunes a sábado, y está cerrado los domingos; los puestos de comida caliente son los últimos en cerrar. Míralo el mismo día si vas justo.

Alrededor: el barrio tiene murales, el antiguo matadero convertido en centro cultural, el monte de ánforas rotas y la pirámide. Sale una mañana entera.

Testaccio y Ostiense

La pirámide y el cementerio de los extranjeros: el rincón más callado de Roma

Pegada a la muralla hay una pirámide egipcia de verdad, de treinta y seis metros y forrada de mármol blanco: la tumba de un magistrado romano que murió cuando Egipto estaba de moda en Roma. Está encajada en la muralla porque, tres siglos después, la aprovecharon como bastión al levantarla. Se ve entera desde la calle, gratis.

Justo al lado está el cementerio acatólico, donde se enterró durante siglos a quien no era católico: protestantes, ortodoxos, ingleses, alemanes, rusos, y también los hijos de los diplomáticos. Es lo mejor de esta parada.

Es un jardín en cuesta con cipreses altos, laureles y hierba, con las tumbas repartidas sin cuadrícula, y está en silencio absoluto a pesar de tener una avenida al lado. Viven ahí una colonia de gatos cuidada por un refugio, que se tumban sobre las lápidas.

Qué hay dentro:

  • La tumba de Keats, en la parte vieja y rasa, sin su nombre: solo el epitafio que él pidió, «Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en agua». Está al lado de la de su amigo, que se hizo enterrar junto a él.
  • Las cenizas de Shelley, arriba, contra el muro.
  • Y el Ángel del Dolor, una escultura de un ángel derrumbado sobre una lápida, con las alas caídas. Es una de las imágenes más reproducidas del arte funerario y está aquí, en un rincón, sin ninguna señalización especial.

Práctico: la entrada es por donativo sugerido, pequeño. Hay un plano en la puerta que localiza las tumbas - cógelo, porque sin él no encuentras nada. Cierra a media tarde y abre poco el domingo: mira el horario. Se ve en cuarenta minutos.

Es un cementerio en uso. Silencio, y nada de fotos a la gente que va a visitar a los suyos.

Alrededor: Testaccio y su mercado, el monte de ánforas rotas y Ostiense. Sale una tarde redonda.

Tívoli

Tívoli: la villa de las cien fuentes y la del emperador

A una hora al este de Roma, en la montaña, hay dos villas a pocos kilómetros una de otra que son la mejor excursión de día completo del destino. Son dos visitas distintas y se pueden hacer las dos, pero es un día largo.

Villa d'Este: agua por todas partes. Un palacio renacentista con un jardín en terrazas bajando por la ladera, con centenares de fuentes que funcionan solo por gravedad, sin una sola bomba, tal como se diseñaron en el siglo XVI. Hay un paseo con cien surtidores en fila soltando agua a la vez, una fuente que imitaba el canto de los pájaros con aire y agua, y un órgano hidráulico que suena de verdad a ciertas horas. Con calor es un alivio físico entrar ahí.

Villa Adriana: la finca de un emperador, y es enorme. No es una casa, es un complejo del tamaño de un pueblo, con termas, teatros, bibliotecas, alojamientos y un estanque largo rodeado de columnas y estatuas que es la imagen que todo el mundo conoce. Está en ruinas y entre olivos, y se recorre andando kilómetros al aire libre.

Cuál elegir si solo da tiempo a una: Villa d'Este si vas con niños, con calor, o si quieres impresionarte rápido. Villa Adriana si te gustan las ruinas y andar, y si prefieres tranquilidad.

Cómo se llega: en tren regional o en autobús desde Roma; el billete regional está explicado en el bloque de transporte. Las dos villas no están juntas - hay un autobús local entre ellas, y ese enlace es lo que alarga el día.

Práctico: Villa d'Este es todo escaleras y cuesta, no es accesible y se baja fácil y se sube mal. Villa Adriana no tiene sombra en buena parte. Las dos cierran un día por semana; compruébalo. Lleva agua y calzado de andar.

Cuándo: de primavera a otoño. En invierno anochece pronto y el día no da.

Trastevere

Trastevere a pie: el barrio que hay que andar sin plan

Al otro lado del río, un barrio de calles estrechas de adoquín, casas ocres con hiedra, ropa tendida y plazas pequeñas. Es el sitio de Roma que mejor funciona sin itinerario: se entra por cualquier lado y se anda.

Lo que sí conviene ver, y es poco:

  • Santa Maria in Trastevere, en la plaza principal. Es de las iglesias más antiguas de la ciudad y tiene el ábside cubierto de mosaico dorado del siglo XII, con Cristo y María sentados juntos, y una banda de corderos debajo. Es gratis y a media tarde entra la luz de lado. La plaza de delante, con su fuente de escalones, es el salón del barrio.
  • Santa Cecilia, más tranquila, con la escultura de la santa tumbada de lado tal como dicen que la encontraron. Debajo hay excavaciones de casas romanas que se visitan aparte, por poco dinero.
  • La calle larga que sube hacia el Janículo y los callejones del norte, que es donde el barrio sigue siendo barrio.

El cambio de las horas, que es lo que hay que entender de Trastevere: por la mañana es un barrio normal, con gente comprando y niños en el colegio. A partir de las 20:00 se convierte en la zona de cena y copas más concurrida de Roma, ruidosa y llena. Las dos versiones merecen la pena; no son la misma visita.

Práctico: el adoquín aquí es de los peores de la ciudad -piedras grandes, irregulares y resbaladizas si llueve-. Nada de tacón ni de rueda de maleta. Con carrito de bebé se sufre.

Cómo llegar: cruzando a pie por el puente de la isla del Tíber, que es el paseo bonito, o en tranvía desde el centro.

Encadena con: el Janículo justo encima, o el barrio judío justo enfrente cruzando el río.

Trevi y Quirinal

La Fontana de Trevi: cómo verla sin que sea un empujón

Es una fachada de palacio de la que sale un océano: un dios del mar sobre una concha tirada por caballos, uno manso y otro desbocado, y el agua cayendo sobre roca fingida hasta llenar la plaza entera de ruido. En persona es mucho más grande de lo que las fotos dejan ver.

El agua viene de un acueducto romano que sigue funcionando y que entra en la ciudad por su propio recorrido desde hace más de dos mil años. Ese es el motivo de que la fuente esté justo ahí y no en un sitio más lógico.

Lo que hay que saber, que es cuándo ir. La plaza es pequeña, no tiene escapatoria y de 10:00 a 20:00 es una masa compacta. A las 7:00 de la mañana hay cuatro personas y la luz da de frente. A partir de medianoche vuelve a vaciarse y está iluminada. Esas dos franjas son otra fuente distinta.

Y desde el 2 de febrero de 2026, acercarse al pilón tiene entrada: Roma Capitale cobra 2 € a quien no reside en Roma por entrar en el perímetro interior, de 9:00 a 22:00 (los lunes y viernes, desde las 11:30). Fuera de ese horario, «la fontana resta visibile gratuitamente».

La moneda: se tira de espaldas, con la mano derecha y por encima del hombro izquierdo. Lo recauda una entidad benéfica de la ciudad; no es una leyenda comercial.

Lo que no se puede hacer, y se multa: el reglamento de policía urbana de Roma prohíbe en las fuentes meterse en el agua «totalmente o parzialmente» -así que tampoco bañar los pies-, sentarse, tumbarse o trepar por cualquier parte de la fuente, y sentarse a comer en los monumentos. Tirar la moneda, en cambio, está permitido expresamente. Hay vigilancia permanente y avisan en serio.

Práctico: no hay sombra ni sitio donde sentarse. Alrededor todo es carísimo y regular: no comas ni tomes café aquí, camina tres calles. Y bebe de las fuentes de la ciudad, esos caños de hierro que hay por todas partes: según Turismo Roma, la web turística del Ayuntamiento, dan «acqua potabile gratuita», la misma que llega a las casas de los romanos.

Cuánto dura: quince minutos. Es una parada, no una visita, y encaja de paso hacia cualquier sitio.

Vaticano

Los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina

Uno de los museos más grandes del mundo y el que peor se visita, porque casi todo el mundo entra sin plan y sale agotado sin haber visto lo que quería.

La reserva online es obligatoria y se elige franja horaria. Ve pronto o ve a última hora: el mediodía es una masa.

El código de vestimenta se aplica en la puerta, sin excepciones: hombros cubiertos, nada por encima de la rodilla, sin escotes y sin sombrero dentro. Un pañuelo grande en el bolso resuelve.

La ruta corta que hay que hacer si no vas a estar cinco horas: el patio de la Piña → la galería de los mapas, que es un pasillo de cien metros con el techo dorado y los mapas de Italia pintados en las paredes → las estancias de Rafael → la Capilla Sixtina, que está al final del recorrido y no se puede saltar el orden.

En la Sixtina no se puede fotografiar ni hablar. Lo repiten por megafonía cada pocos minutos y va en serio. El flash está prohibido en todo el museo, y trípodes, drones y palos de selfie no entran; cuchillos, tijeras, paraguas grandes y bastones van al guardarropa.

Práctico: son kilómetros de pasillo, hay poca cafetería y mucha escalera. Con niños pequeños es duro. Y si vas a ir después a la basílica, pregunta al salir si está abierta la salida directa: te ahorra rodear la plaza entera.

San Pedro: la basílica es gratis, la cúpula no, y las vistas son las mejores

La basílica es gratis y no se reserva. Lo que hay es un control de seguridad en la plaza cuya cola puede ser de más de una hora a media mañana y de diez minutos a primerísima hora. Ir temprano es todo el truco.

Dentro está la Piedad de Miguel Ángel -tras un cristal, nada más entrar a la derecha-, el baldaquino de bronce de Bernini sobre el altar y una escala que no se entiende hasta que ves las letras del friso, que miden dos metros. En el suelo de la nave central están marcadas las longitudes de otras catedrales del mundo, para comparar.

La cúpula se sube aparte y de pago. Hay dos precios: solo escaleras, o ascensor hasta la terraza y luego los últimos escalones, que son más de trescientos en una escalera que se estrecha y se inclina siguiendo la curva de la cúpula. No es para todo el mundo: con claustrofobia, con problemas de rodilla o con niños pequeños, no. Las vistas de arriba son las mejores de Roma.

Horarios, comprobados en su web oficial: la basílica abre de 7:00 a 20:00 a partir del 1 de junio. La cúpula, de 7:00 a 18:00 del 29 de marzo al 25 de octubre y de 7:30 a 17:00 del 26 de octubre al 28 de marzo.

Mismo código de vestimenta que los Museos: hombros y rodillas cubiertos.

Vaticano y río

El castillo de Sant'Angelo: una tumba imperial convertida en fortaleza

Empezó siendo el mausoleo de un emperador, luego fue fortaleza, luego prisión y luego refugio de los papas, que llegaban por un pasadizo elevado que sale del Vaticano y que todavía se ve por fuera. Todas esas capas están dentro y se recorren en orden.

Lo que hace especial la visita es la rampa helicoidal romana original por la que se sube desde la base, en penumbra, y que desemboca en las salas renacentistas de arriba: aposentos papales con techos pintados, una biblioteca, una sala del tesoro y celdas.

Y arriba, la terraza, que es la razón principal para venir: una vuelta de 360 grados sobre Roma, con San Pedro enfrente, el río abajo y el centro histórico al otro lado. Es de las mejores vistas de la ciudad y no exige subir trescientos escalones como la cúpula.

Práctico: hay bastante escalera y rampa; la parte alta tiene una cafetería con terraza. Cierra un día a la semana - compruébalo antes. Con calor, la rampa interior está fresca.

El mejor momento: al atardecer, y salir cruzando el puente de los ángeles, con las diez estatuas de Bernini a los lados y San Pedro al fondo iluminándose. Ese paseo es gratis y es uno de los mejores de Roma.

Vía Apia Antica

La calzada, las tumbas y los pinos: qué se ve en la Vía Apia Antica

La carretera más famosa del mundo antiguo, y todavía se puede pisar el empedrado original: losas grandes de basalto encajadas, con los surcos que dejaron los carros. Sale de Roma hacia el sur entre pinos, muros de piedra y campo abierto.

Es un parque regional, así que no es una calle sino un recorrido de kilómetros con tumbas monumentales a los lados -los romanos enterraban fuera de la ciudad, junto a las vías-, restos de villas, un mausoleo circular enorme y tramos donde no se oye un coche.

Cómo se hace, que es la decisión importante:

  • En bici es lo mejor. Hay alquiler junto a la entrada del parque y permite llegar a los tramos buenos, que están lejos. Cuenta media jornada. Ojo: el empedrado antiguo traquetea muchísimo - no es un paseo cómodo, es parte de la gracia.
  • A pie se disfruta igual pero se ve menos: hay que ir en autobús hasta un punto avanzado y andar desde ahí.
  • En coche, no. Buena parte está cerrada al tráfico y el resto no tiene dónde parar.

El día perfecto es el domingo, que es cuando se cierra al tráfico un tramo largo y se llena de romanos con bici y con perro.

Qué combina: las catacumbas están en esta misma vía y es el emparejamiento natural. También hay un circo romano casi entero y un acueducto monumental a un paso.

Práctico y honesto: hay muy poca sombra y ningún sitio donde comprar agua en tramos largos. Lleva botella llena y gorra. En julio y agosto, solo a primera hora. No hay apenas aseos. Y el terreno no es accesible: piedra suelta y desnivel.

Cuándo brilla: primavera y otoño, con el campo verde y los pinos. Es de las cosas más bonitas que se pueden hacer en Roma y la mayoría de la gente no sale del centro.

Las catacumbas: kilómetros de galerías bajo la Vía Apia

Bajo el campo del sur de Roma hay cientos de kilómetros de galerías excavadas en la roca blanda, en varios pisos, con los nichos vacíos abiertos en las paredes. Se cavaron cuando estaba prohibido enterrar dentro de la ciudad.

Cómo se visita: siempre con guía y en grupo, en recorridos de unos cuarenta minutos por una parte mínima del conjunto. Hay varias catacumbas distintas a lo largo de la Vía Apia y no hace falta ver más de una: se parecen bastante entre sí. Suele haber visita en español a horas concretas.

Qué se ve: pasillos estrechos de tres o cuatro metros de alto con nichos a los lados, algunas cámaras familiares con frescos muy antiguos, símbolos rascados en la piedra y, en algunas, criptas de mártires. No hay huesos a la vista en la mayoría.

Práctico y honesto: abajo se está a unos quince grados todo el año -en agosto es un alivio y en enero se agradece una chaqueta-, hay humedad y los pasillos son estrechos y con poca luz. Con claustrofobia, no. No son accesibles y hay escaleras. Con niños funciona a partir de cierta edad y depende mucho del niño.

Cada catacumba tiene su día de cierre semanal y no todas el mismo, así que compruébalo en su web oficial el mismo día. Están lejos del centro: se llega en autobús, y combina bien con un día de Vía Apia.

Villa Borghese

La Galería Borghese: dos horas, y probablemente el mejor museo de Roma

Un palacete en medio de un parque, con una colección pequeña y extraordinaria. Es el museo que más gente recuerda de Roma justamente porque no es grande.

Cómo funciona el acceso, que es lo que despista: se entra por turnos con hora, aforo limitado y duración cerrada -alrededor de dos horas-, y hay que reservar con antelación, a veces con bastante. No se puede entrar sin reserva y no se puede alargar el turno.

Qué hay. Las esculturas de Bernini, que son la razón de venir: Apolo y Dafne, con los dedos de ella convirtiéndose en ramas y la corteza subiéndole por la pierna; el rapto de Proserpina, donde los dedos del hombre se hunden en el muslo de mármol como si fuera carne; y un David en pleno gesto. Ver eso de cerca cambia lo que uno cree que se puede hacer con una piedra.

Y además, seis Caravaggios, un Canova y cuadros de Rafael y Tiziano, todo en salas con los techos pintados.

Práctico: hay que dejar mochilas y paraguas en el guardarropa, que es obligatorio y está incluido. Sube a la planta de arriba pronto, que es donde está la pintura y donde la gente llega ya sin tiempo. Y sal al parque después: estás dentro de Villa Borghese.

Villa Borghese y Pincio

Villa Borghese: barcas de remo, bicis y el mejor atardecer gratis

El parque grande del centro de Roma, y la solución a media jornada con niños o a una tarde en la que nadie quiere ver otra iglesia.

Las barcas. Hay un estanque con un templete jónico en una isla en el centro y se alquilan barcas de remo por turnos de unos veinte minutos. Es barato, es bonito y con niños funciona siempre. Alrededor hay patos y sombra.

Las ruedas. Se alquilan bicis normales, bicis de varias plazas con techo y coches de pedales de cuatro asientos, que es lo que más gracia les hace a los niños. El parque es grande y llano en su parte central.

Y lo demás, que es mucho: un reloj de agua escondido entre árboles, un zoo -el Bioparco-, un teatro isabelino reconstruido, un museo de arte moderno, un museo etrusco en una villa renacentista y bastantes fuentes y templetes repartidos.

El mirador del Pincio está en el borde del parque y es el mejor atardecer gratis de Roma: la terraza asomada a la plaza del Popolo, con las cúpulas y San Pedro al fondo. Se llena de gente sentada en el murete y hay quien toca música. De ahí se baja directamente a la plaza por una rampa.

Práctico: el parque es enorme y las distancias engañan -del zoo al Pincio hay un buen paseo-. Hay quioscos con bebida, pero conviene llevar agua. En agosto es de los pocos sitios del centro con sombra de verdad; en enero anochece pronto y el mirador se queda de noche a las cinco.

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